Hemos tenido una visita de Estado ciertamente importante, y
yo diría que para ambas partes. También es cierto que ese tipo de visitas
suelen ser cortas, y no todas funcionan igual. Por otro lado, la parte visitada
debe hacer el máximo -y lo ha hecho-, me parece a mí, y por el lado visitante que
ha sido la que nos ha permitido conocer su enorme categoría personal y moral,
hemos podido ver la diferencia entre los niveles de unos y otros.
La persona que representa a la potencia americana, para
nuestro mal, ese de Washington, de pelo amarillento y gestos incomprensibles
para una persona mayor, que vuelve a firmar la paz en Oriente Medio, después de
matar a miles y miles de gazatíes, a cancelarla después, que nunca se sabe lo
que está firmando, ni cuál es su objetivo aparte de su enriquecimiento
personal.
El otro tipo de ciudadano americano, tiene una personalidad
muy poderosa, con una sonrisa amable y una voz con una dicción sencilla, a la
par que amigable y una mirada que parece que lo conocemos de toda la vida. Este
hombre, vestido de blanco, ha estado en nuestro país dejando, para mí, un
atento, gustoso e interesante recuerdo; este americano, digo, llamado Robert
Francis Prevost Martínez, natural de Chicago; que estudió en el seminario menor
de los agustinos donde se licenció en Matemáticas y Filosofía y en Teología y
Derecho Canónico, más tarde; que ha demostrado ser una persona inteligente y
trabajadora, ha estado en nuestro país. En esos pocos días sabemos de él cien
veces más que del otro americano. Y, lo que es muy importante, parece un hombre
confiable y amistoso. No mira por encima de los hombros, ni parece reírse o
burlarse de los demás. Su nivel de conocimientos está por encima, no solo de la
media, sin necesidad de demostrarlo.
No preciso explicarles que esas creencias suyas no
coinciden con las mías, porque pertenecen al área religiosa, y ya saben
ustedes, eso no va conmigo. Mucha gente se queja de que haya hecho poco caso,
especialmente con ocasión de la visita a Montserrat, a la que se tiene por la
patria chica de los abusos sexuales eclesiales. Le han criticado por hablar de
asuntos que son del Estado y de la ciudadanía y que pueden exceder a su área
religiosa.
Bien, puede ser, pero se le puede perdonar; hay que tener
en cuenta que entre sus oyentes la mayoría era no creyente, si hacemos caso a
las estadísticas; pero él siempre diciendo la verdad, es ahí donde está la
diferencia. Esa mayoría asistía a sus palabras con la falsedad que les es
propia, porque, ¿cómo podemos ver escuchándole firmes, mirándole fijamente,
mientras en su interior sabían la distancia entre lo que él decía y ellos
escuchaban, como si creyeran lo que su palabra emitía? Era lo mismo que dicen
que ocurría cuando las palabras de Jesús, el de Galilea, alcanzaban los oídos
de sus supuestamente seguidores, que, en realidad, algunos no le creían o no le
hacían mucho caso.
Recuerden las palabras de ciertos políticos españoles de la derecha y la extrema derecha que no hacen otra cosa que mentir e insultar a sus contrarios. ¿Cómo pueden hacer estas cosas y, al mismo tiempo, estar acompañando a los vituperados, en la presencia de un individuo como éste con su porte y su aspecto de honradez y cuya presencia no debiera estar junto a la calaña que ellos propagan?