domingo, 13 de septiembre de 2026

Un agosto peñiscolano

 





Ha pasado el mes de agosto y, antes de que se nos olvide, creo que convendría analizar las características principales que nos ha dejado este mes veraniego. Características que, a mi modo de ver, me parecen las más importantes y/o novedosas, desde el lugar donde yo he visto pasar el mes.

Lo primero que se me ocurre es la invasión de turistas y meros visitantes. He estado en Peñíscola, sin faltar un solo mes de agosto, exactamente cuarenta y cinco años consecutivos, y en todos esos años el crecimiento de visitantes ha sido constante. Al principio, entre los españoles destacaban los catalanes, aragoneses y madrileños; ahora sigue lo mismo, solo que en cantidades inmensas. Han crecido los hoteles, las pensiones, los apartamentos, etc. Entre los extranjeros, ganan los franceses, como es lógico, y se ven también matrículas nórdicas, por poner un ejemplo. Y cada año ha superado los anteriores, como decíamos más arriba.

¿Y el famoso y esperado 12 de agosto? ¿Quién renunció a vivir la experiencia de ver la luna pasando delante del sol, dejándonos casi a oscuras? ¿El gentío buscó y llenó los lugares más apropiados? El Ayuntamiento había preparado lugares apropiados para aparcar el coche y ver el dichoso efecto. Felizmente, no hubo heridos. Y aunque el próximo año Peñíscola no esté ya en medio de la ruta del eclipse, algo se podrá apreciar y habrá quienes se esforzarán por verlo dos veces.

Entre los turistas no podemos dejar sin citar familias sudamericanas, de todos los orígenes, al igual que norteafricanos, aparte de los que atienden bares o comercios, ya que coincidían en el trabajo y el paseo. Así que estas familias de turistas han de ser familias de trabajadores españoles. Solo así se explica y resulta coincidente con los datos nacionales de la inmigración sudamericana y africana en nuestro país. Familias que trabajan en distintas ciudades españolas durante el invierno para, al llegar agosto, como cualquier familia española, tomarse también sus vacaciones. Igualmente, aunque menos numerosas, han sido las mujeres norteafricanas -no distingo entre argelinas y marroquíes, aunque imagino que la inmensa mayoría serían marroquíes, aunque pudiera haber también saharauis-, todas ellas con sus curiosos ropajes, las cabezas cubiertas y sus maridos en plan occidental.

Una gran novedad ha sido que se podía pasear por las aceras, al no haber vendedores ambulantes, como en otros años anteriores. En efecto, el exceso de paseantes fue suficiente para hacer imposible pasear por las aceras, como en años anteriores.