Ha pasado el mes de agosto y, antes de que se nos olvide,
creo que convendría analizar las características principales que nos ha dejado
este mes veraniego. Características que, a mi modo de ver, me parecen las más
importantes y/o novedosas, desde el lugar donde yo he visto pasar el mes.
Lo primero que se me ocurre es la invasión de turistas y
meros visitantes. He estado en Peñíscola, sin faltar un solo mes de agosto, exactamente
cuarenta y cinco años consecutivos, y en todos esos años el crecimiento de
visitantes ha sido constante. Al principio, entre los españoles destacaban los
catalanes, aragoneses y madrileños; ahora sigue lo mismo, solo que en cantidades
inmensas. Han crecido los hoteles, las pensiones, los apartamentos, etc. Entre
los extranjeros, ganan los franceses, como es lógico, y se ven también
matrículas nórdicas, por poner un ejemplo. Y cada año ha superado los
anteriores, como decíamos más arriba.
¿Y el famoso y esperado 12 de agosto? ¿Quién renunció a
vivir la experiencia de ver la luna pasando delante del sol, dejándonos casi a
oscuras? ¿El gentío buscó y llenó los lugares más apropiados? El Ayuntamiento
había preparado lugares apropiados para aparcar el coche y ver
el dichoso efecto. Felizmente, no hubo heridos. Y aunque el próximo año Peñíscola
no esté ya en medio de la ruta del eclipse, algo se podrá apreciar y habrá
quienes se esforzarán por verlo dos veces.
Entre los turistas no podemos dejar sin citar familias
sudamericanas, de todos los orígenes, al igual que norteafricanos, aparte de
los que atienden bares o comercios, ya que coincidían en el trabajo y el paseo.
Así que estas familias de turistas han de ser familias de trabajadores
españoles. Solo así se explica y resulta coincidente con los datos nacionales
de la inmigración sudamericana y africana en nuestro país. Familias que
trabajan en distintas ciudades españolas durante el invierno para, al llegar
agosto, como cualquier familia española, tomarse también sus vacaciones. Igualmente,
aunque menos numerosas, han sido las mujeres norteafricanas -no distingo entre
argelinas y marroquíes, aunque imagino que la inmensa mayoría serían
marroquíes, aunque pudiera haber también saharauis-, todas ellas con sus
curiosos ropajes, las cabezas cubiertas y sus maridos en plan occidental.
Una gran novedad ha sido que se podía pasear por las
aceras, al no haber vendedores ambulantes, como en otros años anteriores. En
efecto, el exceso de paseantes fue suficiente para hacer imposible pasear por
las aceras, como en años anteriores.