Mostrando entradas con la etiqueta Ficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ficción. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de febrero de 2021

El Arco

 


foto de la fachada principal del Arco de La Cavada


 Ay!, Arco de La Cavada

contigo a leer aprendí,

cuántas veces tu lema repetí

hasta que capaz fui de decir

carlos tercero rey año de mil setecientos ochenta y cuatro.

Yo estaba contigo y tú conmigo

eras parte de mi casa,

aunque por medio,

a veces impetuoso

y otras calmado o falto de agua, pasaba el Miera,

el mismo que Gerardo Diego cantara.


Plomo y hierro fundidos vertieron

para soldar tus sillares.

Pero todo cesó

cuando en la última riada el Miera se lo llevó

y solo tú quedaste.


Tú, como todos los arcos eres puerta

y como todas las puertas tienes dos caras,

la de salida

y la de entrada.


Yo veía la segunda, la principal

por donde entraron

los Arche, los Baldor, los Cubría,

los Guate, los Lombó, los Marqué,

los Piro, los Rojí, los Roqueñí o los Uslé,

aunque no siempre bien aceptados,

cuando aún ni existía el proyecto de hacerte.


(Mucho más tarde vinieron personas de Extremadura,

apellidos nuevos y nueva sangre,

para aportar la fuerza de sus brazos,

su necesidad vital

y su apremio e inteligencia)


Por tu otra cara salían

los temidos tubos de hierro

que yo he visto en Manila, en San Juan o en La Habana

donde descargaron su trueno de fuego

para imponer tu hispánica paz.


En el fondo de mis pupilas quedarás,

Arco de La Cavada,

ahí donde reside la imagen primigenia,

la que nunca se olvida,

la que siempre nos acompaña.

Ahí,

      por siempre,

                          tu figura neoclásica.



    


                 Foto de la fachada interior del Arco de La Cavada             



jueves, 17 de diciembre de 2020

La eutanasia





 

El Congreso español de los Diputados ha legalizado la eutanasia, una ley garantista con posibilidad de volverse atrás. En recuerdo a este día hago públicos estos modestos ripios, recién escritos para recordar que no es obligatorio que los españoles la sigan; esta ley no obliga a nadie, somos libres para seguirla o no. Cada uno con su conciencia y sus ideas.




A la eutanasia.




Lo que tú eres, yo fui;

Lo que yo soy, tú serás.

Yo estas palabras leí

en un camposanto escritas.


Dentro, piedra, fotos, cruces,

panteones de pudientes,

esculturas ya sin vida

y muchas flores marchitas.


Yo no quiero ese futuro.

Que mis cenizas reposen

donde a bien tengan los míos,

con plantas, arbustos, hierbas,

que quiero ser la simiente

que permita que mañana

gracias a mí haya vida.

No se rompa la cadena,

que reposen mis cenizas,

en la fértil tierra de cultivo

de la que es parte mi vida.


Y al llegar la última hora

que cada cual elija

la manera de morir

y el despedir de su vida.


domingo, 13 de diciembre de 2020

El muro







                            ¡Evocas tantas cosas …!

                            Es tanto lo que sugieres

que no puedo nombrarte

sin ver tras mis pupilas

tus imágenes tristes,

tus hermosas imágenes.


Paredón, cierre,

perímetro, muralla,

demarcación, cárcel,

protección, vigía,

separación, defensa,

transgresión, altura.


Según mi ánimo, así te veo;

Según te mire así te nombro:

Clásico, gótico, barroco

o moderno.


A cada uno le das lo que te pide,

cobijo en la tormenta,

y en el amor refugio.

Eres macizo o ingrávido,

de sillería o mampuesto,

escalable o imposible,

(inalcanzable)

mas siempre apegado al suelo.


No pierdas tu vocación,

que para eso te han hecho,

pero no olvides que también volar puedes.

(Las hojas que te adoso

semejan una vela

y el aire ya te lleva

a las regiones etéreas.)


Así te veo ahora, viejo muro de piedra:

A tu costillar pegadas,

historias, poesías o ideas,

las mismas que creamos

cuando estamos a tu vera.



José Mª Pozas, San Sebastián, 17 de enero de 2007.



 

sábado, 5 de diciembre de 2020

Matemáticas y octosílabos




 

En matemáticas, la teoría combinatoria nos enseña que el número de permutaciones o conjuntos diferentes que podemos obtener de una población o universo de tres elementos distintos tomados de tres en tres es el factorial del número. Y el factorial de 3 es: 3 por 2 igual a 6.


Máscaras, manos, distancia son la vanguardia de la lucha contra el Covid. Si aplicamos las matemáticas tenemos, pues, 6 títulos distintos, que podemos convertir en seis estrofas para un pequeño poema.


Veamos:

Máscaras, manos, distancia.



Máscaras, manos, distancia.

Mis manos miden distancia

a tu cara enmascarada,

que se aleja de mi cara.


Máscaras, distancia, manos.

La distancia de tus manos

separa de mi tu cara

que no veo por tapada.


Manos, distancia, máscaras.

Manos sin una mirada

que tú escondes al taparla

y mi cara se destapa.


Manos, máscaras, distancia.

Mis manos que te buscaban

quitándote la máscara

aunque tú no me dejaras.


Distancia, máscaras, manos.

Distancia que empequeñece,

que odia lo que acontece

y nos hace más humanos.


Distancia, manos, máscaras.

Distancia que yo deseo

reducir cuando te veo

y tu belleza enmascaras.



Ahora bien, he de confesarles que lo que me hubiera gustado escribir y en lo que me he inspirado, es lo que les ofrezco a continuación, extraído del Cancionero y romancero de ausencias, de Miguel Hernández, que dice así:



Llegó con tres heridas:

la del amor,

la de la muerte,

la de la vida.

Con tres heridas viene:

la de la vida,

la del amor,

la de la muerte.

Con tres heridas yo:

la de la vida,

la de la muerte,

la del amor.




José M.ª Pozas, San Sebastián, noviembre de 2020.





lunes, 23 de noviembre de 2020

Humilde sillarejo





Traigo hoy a estas líneas un material distinto del habitual. No es la poesía algo que entusiasme a la mayoría, sea la de los lectores o la de los productores (yo no me considero escritor). Pero todos, unos y otros, hemos apreciado, al menos una vez en la vida, ambos géneros, poesía y prosa. La música acompaña, y escuchando ciertas canciones - en español, claro-, habremos tenido la felicidad de notar ese flujo de palabras que el cantante nos regala y habremos notado como concuerdan unas con otras: eso es poesía.

Hay poesía de varias maneras. Antes, se procuraba seguir ciertos métodos pausados, y según cuáles fueran se escribían coplas, sonetos, endecasílabos, etcétera; más modernamente se recurre a la poesía libre, no sujeta a tales normas.

Y los que no somos poetas nos agarramos a esta poesía libre, como náufragos al madero, y damos rienda suelta a nuestra verborrea...

Esto es lo que os ofrezco hoy; con la mente puesta en uno de esos muros costeros que habitualmente encontramos por doquier, he tratado de escribir un poema (así lo llamamos) esperando de vuestra benevolencia unas críticas amables.





HUMILDE SILLAREJO


Humilde sillarejo,

piedra sobre piedra, en seco,

sin ninguna pretensión,así te construyeron,

mirando un mar septentrional y áspero.


Vocación de medianero,

capaz de soportar los vientos cargados de sal y de hielo.

Erguido de humedades y de humedades seco,

secadero para redes, apoyo de los aperos.


Así te construyeron:

afán de eternidad del cantero

que piedra a piedra y en seco

levanta el lienzo.


Mas yo no tengo piedra, ni cemento, ni mortero,

me anima la ilusión de la palabra, la magia hueca del verso,

por eso en esta hora te nombro muro literario.

Muro literario sí, si permites que a tu vera juguemos,

recogidos y absortos, el juego eterno,

el eterno juego del verbo.


Palabra a palabra te alzo,

a tu sombra me cobijo,

y miro al mar, por si encuentro,

la inspiración que preciso.




José Mª Pozas, San Sebastián, 4 de enero de 2007.











 



 

lunes, 23 de septiembre de 2019

Capítulo 68


Esta entrada se publicó en la revista Euroequipos en el número de mayo de 2010, y a continuación en este blog. Le había ofrecido su lectura a mi amiga Lucía, lectora infatigable, pero por razones que ignoro, se había perdido, por lo que vuelvo a publicarla.







Notó que la gacha se ponía racha. Harto ya de muriar y erguinear todo el día arrimóse a la junia con tiento; no era britaña ni cotea sino junia cabal. De su experiencia con sioscas y tulimainas nada había obtenido sino purgaciones. Queriendo garlear con ella le preguntó por su edad: “paso de las batebí zuquenas”, le contestó, ofreciéndole la su tafarilla. Él la palpó y sintió un endurecimiento de sus zaquiros y como se le entonaba la zulara. La junia se puso baltria. ¡Evohé! ¡Evohé! Al rato empezaron a entalar. “Ostígame, man de manes, te dico chumo”, sin canguelo por quedar mindulada. Pasó mucho tiempo y aún toda la racha. “Yimis nejo te ostigo” contestó al fín, cansado de garlear y entalar toda la racha… al rato despertó y le gustó lo soñado.
Pero tenía que pasar por la ciba de quico; allí junto a la misma guxara, cerca de una suanela, bajo unos camándules, tenía un chiqui de araguía que había latreado al hijo de soxca de la bayuca. Mas un fandocu habíase encontrado con el botín. Hubo de conformarse con alambriz y mínchula que metió entre guitu con un poco de urdalla. Tras gandir lo que pudo preparóse la saule y se metió en ella. Recordó su sueño y le dio por cavilar lo xido que sería escanduciarse con una junia como aquella; tener donde alojar la argularia, palparle el ostigucio y el pirrián, sin hablar de ostigar cuando le viniera en gana, o meramente, gualdiarle las margaritiegas. Cio andariguear ñoliego, tener la propia ciba, con urnias y urriacos en la zancarria, y aún un cuatropión para el asueto. Cio depender de un domil, cio volver a la erguinería, que bien pocas peludas da, y cio andar ergolimbú como su argaño. Sentar la moruga, tener una junia, un murguecillo a quien echar un bisnero, y si un día hay que apurrar, que todo prora, quedar feliz de ser un buen aldrape y cio más un charrigondu, como hasta la fecha había sido.


Nota aclaratoria:


Este es un texto construido con préstamos de la xíriga, de los tejeros de Llanes, que ofrece similitudes con la pantoja, de los canteros de Trasmiera, con la mansolea, de los zapateros de Pimiango y Noreña, con el bron, de los caldereros de Miranda, con el barbeo, de los cesteros de Peñamellera, con el caló, de los arrieros de Quintanar de la Orden, y con la propia de los canteros de Munilla (Burgos).
Todos ellos y muchos más, entre los siglos XVII al XX, crearon una jerigonza propia con la que pudieran reconocerse y, al mismo tiempo, hacerse fonéticamente invisibles para los demás en sus idas y venidas y en sus tratos comerciales. A ellos y a todos los humildes menestrales de todos los tiempos vaya mi sincero reconocimiento.
El título del texto es una obvia referencia al ordinal homónimo de la Rayuela cortazariana, una de las obras señeras de la narrativa en español y donde el gran Julio creó también una nueva jerga, su famoso glíglico. Yo no he pretendido más que que tratar de imitarle, a sabiendas de que no sería posible; con que lean ustedes el auténtico Capítulo 68 me doy por satisfecho.  
Para él mi mayor admiración.





miércoles, 11 de septiembre de 2019

Una noche de septiembre



El 11 de septiembre de 1973 una insurrección militar, auspiciada por el gobierno del presidente Nixon, derrocó y asesinó a Salvador Allende, presidente electo de Chile.
En memoria de aquellos hechos les ofrezco "Una noche de septiembre", relato que se inspiró en los mismos.




Le ha despertado una sensación de opresión en el vientre. Medio dormida se revuelve en la cama, pero el peso sigue lo mismo. Entonces vuelve a la realidad, con una mezcla de pudor y pánico. Con cuidado, para no despertarlo, retira la mano de Alfredo de encima de su propio vientre y la coloca a lo largo del ajeno cuerpo desnudo, haciéndose ella misma a un lado. ¿Es Alfredo o es Arturo? No, no, es Alfredo, recuerda las bromas acerca de Hitchcock y Fred Astaire a propósito de su físico y sus habilidades. Le echa una rápida mirada y él se remueve a su vez, llevándose la mano derecha al sexo, ahora en paz.

Palmira se levanta, sigilosa, y se dirige al baño para salir al poco envuelta en el enorme albornoz con el anagrama del hotel. No ha querido quedarse ante el espejo, por no verse a sí misma en aquella situación y no tener que responder a las mudas preguntas de sus ojos. Junto a la ventana, empuja a duras penas uno de los enormes butacones para medio sentarse en su respaldo, los pies apoyados en la tibia madera del antepecho. No bien lo ha conseguido, vuelve la mirada sobre su hombro derecho, hacia la cama, y al ver el cuerpo desnudo de Alfredo, siente algo entre remordimiento y vergüenza. Retorna a la cama y lo tapa hasta el pecho con la sábana que está caída a los pies. Alfredo hace un leve movimiento sin despertarse, abre y cierra un par de veces la boca y queda con ella abierta, la cabeza ligeramente ladeada y emitiendo un leve y regular ronquido.

Palmira vuelve a su postura ante la ventana para ver las luces de la ciudad que se extiende ante sí, ciudad que ahora se le antoja extraña, hostil, peligrosa, y no la ciudad en la que ha nacido y crecido, donde ha pasado toda su vida. Trata de reconocer algo de ella, pero no es fácil, no hay muchas luces que pueda identificar. A lo lejos, en lo alto, cree entrever, titilando, las luces de Providencia, su barrio. Allí estarán descansando, ajenos a todo e ignorantes de esta última noche, Hans y Marcela.

¡Ah, Marcela!, hija de sus entrañas, con su agradable olor de niña, sus trencitas rubias, durmiendo apaciblemente, en sus sueños infantiles. Pronto, dentro de tres o cuatro horas -calcula, no tiene un reloj a mano- la despertará Consuelo para prepararla para el colegio, y Marcela preguntará por ella, su madre, extrañada de no verla como cada mañana junto a su cama de niña. Eso contando con que Hans se acordara anoche de advertírselo a Consuelo. ¡Hans, Hans, la que has liado! Se empeñó ayer en que bajara a comer con él y con el español al centro.

-Ya verás, Palmira, es un tipo divertidísimo, además, con estos líos, hace semanas que no comemos fuera. Y nos contará cómo se ve esto en Europa, si allá lo entienden, acaba de llegar. Comeremos pronto, y antes del toque de queda estaremos en casita. ¡Vamos, anímate!

Después, … !todo había sido tan diferente! La cita en el hotel del español, la tardanza cada vez más extraña de Hans, él que tanto se jactaba de su puntualidad germana. Al final, la llamada telefónica, angustiosa ya:

-No te preocupes, Palmira. He tenido una avería en el carro al salir de la fábrica. No intentes venir ahora para casa, el toque de queda está al caer y apenas hay taxis por el centro.

-Pero entonces, ¿qué hago, Hans, si no puedo salir del hotel?

-Nada, no te preocupes, te digo. Toma un cuarto y duerme ahí. Yo bajo en la mañana a buscarte. Me ocuparé de Marcelita, tranquila. ¿Ya viste al español? Creo que se llama Arturo o Adolfo, no me acuerdo bien. Explícale el caso.

-Claro que le he visto, Hans, llevamos tanto tiempo esperándote…

-Bueno, me disculpas con él, dile que lo veré en la mañana. Que descanses bien, mi amor.

Así fue como se quedó frente a frente con el español, muchos años más joven que Hans, algo más joven que ella misma también. Un tipo divertidísimo, en efecto, más educado que la mayoría de sus compatriotas, y que no estaba dispuesto a malgastar la noche solo.

-En este caso, permítame que la invite a cenar Sra. Von Ausenick.

Fue una de las últimas veces que la trató de Vd., aunque, eso sí, siempre con una extraordinaria corrección. En efecto, la invitó a cenar, eligió él mismo el vino, un “Concha y Toro” del 63 y le contó muchas cosas, excepto cómo se veía “eso” en Europa. Evitó esa conversación y fue derivando, cada vez más, hacia temas personales.

Palmira no se recordaba a sí misma hablando de esas cosas, hacía años, desde antes de casarse con Hans. A éste no le interesaban ya, y se sorprendió viéndose lo animada que hablaba con aquél español tan simpático. Después empezó a parecerle interesante y se vio aceptando la sugerencia de bailar en la discoteca del hotel. Su sorpresa fue mayor al constatar la gran cantidad de gente que había dentro. ¿Cómo harían para evitar el toque de queda? ¿Se quedarían como ella, a dormir allí, o serían todos forasteros? Estas preguntas la inquietaron, empezó a pensar que podría ser vista por algún conocido. Sin saber cómo, aceptó la invitación de Alfredo para tomar la última copa en el cuarto. Ella prefirió que fuera en el suyo, por si llamaba Hans. Alfredo no puso objeciones, pero se trajo la bebida de su propia habitación, guiñándole un ojo. Lo que vino después fue como un torbellino. Alfredo resultó ser un amante tierno y dulce, reposado y constante en sus caricias, firme y apasionado en los abrazos. Palmira no conocía algo así, era tan diferente con Hans, que era violento y pesado como un fardo…

Siente un estremecimiento y se pasa la mano derecha por la nuca, hundiendo sus dedos por la raíz de su cabellera. Ahora divisa algunas luces más, la ciudad aparece envuelta por una neblina que genera una débil lluvia, impropia de esos días de Septiembre. Puede ver las luces de algunos vehículos, patrullas del ejército o la policía, supone. Le parece entrever la sombra turbia del Mapocho… ¿Será verdad que baja cadáveres, arrastrados por la corriente? Se le pone la piel de gallina, y recuerda las imágenes de la aviación bombardeando La Moneda, y lo que ha oído contar acerca del Estadio Nacional.

¡Dios mío, será cierto, o solo una mala pesadilla! Había sorprendido a Consuelo, en la cocina, llorando en silencio: ¡Tenía dos sobrinos desaparecidos! ¡Cómo habían llegado e ese punto, qué había ocurrido con sus vidas para llegar a aquel extremo, qué iba a pasar con el país, a qué situaciones de odio y enfrentamiento podía llegar la gente!

Percibe un leve ruido en la cama, a sus espaldas. Gira la cabeza para ver como Alfredo, todavía dormido, aparta de sí la sábana, apremiado por el calor y dejando a la vista gran parte de su anatomía. Al verlo, al ver aquel cuerpo que tan feliz la ha hecho, Palmira nota cómo a la piel de gallina de instantes atrás, le sustituye una oleada de calor que le arranca de la nuca, y le va invadiendo el cuerpo entero, hasta sentir un hormigueo conocido en el vientre y una sensación de debilidad en las extremidades.

Se acerca a la cama, se despoja del albornoz y se desliza, desnuda como está, hasta apretarse al cuerpo de Alfredo, palpitante y tan lleno de vida. Le parece que éste entreabre los ojos. Se abraza a su cuerpo, susurrándole muy quedo: ¡Abrázame, abrázame, te necesito!










jueves, 13 de junio de 2019

Población y poesía (3)


El manuscrito encontrado en Agrigento.



Una emoción comparable a la que me hubiera producido el encuentro de los manuscritos del Mar Muerto, me supuso ver en una pared del lobby del Grand Hotel Mossés de Agrigento un cuadro colgado, cubierto de cristal, con unas líneas escritas a modo de poema, a lápiz, sobre un fondo azulado. Vean:








El texto me subyugó por su belleza y traté de hacer averiguaciones acerca del autor y el significado de algunas palabras. La primera ayuda la obtuve de M.ª Rosario Guttadauro Billante, mutrikuarra de ancestros sicilianos como resulta obvio, y la segunda de Chiara de Meo, que ha buceado hasta encontrar al autor del poema y algunos datos biográficos; a ambas, mi agradecimiento.

Vincenzo Cancila, natural de Castelbuono, provincia de Palermo, arquitecto, diseñó y construyó varios hoteles en Sicilia, amén de un destacado proyecto turístico en Favignana, Islas Egadas, promocionado por el gran actor Vittorio Gassman. Para ver más de este proyecto pueden clickar aquí http://reportagesicilia.blogspot.com/2016/02/lutopia-del-villaggio-gassman-favignana.html

Fuera de su faceta de arquitecto, Vincenzo Cancila era, evidentemente, poeta, y murió el 10 de noviembre de 2008 a los 83 años en el pueblo que le vio nacer. No ha sido posible encontrar rastro de su obra poética y solo podemos leer este poema que dejó en uno de los hoteles que diseñó.
Diez años después, la casualidad ha querido que yo lo viera, y con más atrevimiento que genio, me he permitido hacer una traducción libre de su “Doppo la tua partenza”. En Italia tienen un refrán, traduttore, traditore, es decir, traductor, traidor, así que me he sentido totalmente libre para traerlo al español; cuando Vincenzo lo colgó en aquella pared lo dejó al albur de los turistas, y no creo que le importara mi fechoría. Ahí se lo dejo a ustedes:

Después de tu partida” de Vincenzo Cancila

Traducción libre de José María Pozas

Un día tras otro, tras tu marcha
he sentido la disolución de las cosas
que me parecieron eternas,
de los pensamientos que retuve inmutables
hasta descubrir la magia de la esencialidad,
porque tu recuerdo
me ha mostrado la poesía de los desiertos,
míseros granos de arena pulidos
por milenios de sirocos
que el mismo viento depositará mañana
modelando otras dunas,
otros sentimientos sin memoria,
otros espejismos de luces, para inventar,
para esconder las colinas de polvos y detritos.
  Yo, lo que queda de los mitos,
solo árida tierra,
si la piedad de la lluvia no la cubriera
en cada primavera de tiernas
y blancas margaritas.



viernes, 25 de noviembre de 2016

Fundido a negro



FUNDIDO A NEGRO





Un hombre despierta y se incorpora en la cama. Permanece un buen rato sentado en el borde, la mirada perdida en la pared desnuda. Sin prisa, se va vistiendo, y sin desayunar, sale a la calle. Deambula sin rumbo fijo, por unas calles y otras. De repente, se para ante un anuncio luminoso que dice Sex Shop. Entra, y accede a una cabina. La poca luz que le llega procede, a través de una ventana que tiene ante sí, de una plataforma elevada forrada de algo que simula una piel de oveja. El hombre mira en torno a la plataforma descubriendo otras ventanas como la suya. El habitáculo tiene una silla, un rollo de papel higiénico colgado de la pared, un cubo de basura vacío y un gancho donde el hombre cuelga su impermeable. Espera. Al rato, aparece una chica vestida con una bata transparente que deja traslucir su ropa interior. Al mismo tiempo, empieza a oírse una música, a cuyo ritmo la chica comienza a ejecutar diversos movimientos insinuantes, tendida o recostada en medio de la plataforma. La chica sonríe. El hombre asiste impávido al espectáculo; la chica va desprendiéndose lentamente de su bata. Cuando en el lento giro de la plataforma, la chica llega frente a él, levanta sus ojos, que se encuentran con los del hombre. Él da un respingo, abriendo los suyos  desmesuradamente. Rápido, el hombre recoge su impermeable y sale del cubículo a tropezones; el encargado del local, sorprendido, se le queda mirando mientras consulta su reloj.
Dos horas después, la chica sale de la cabina y echa a andar acera adelante. El hombre la sigue a cierta distancia hasta verla entrar en un portal. Una hora después, la ve salir, esta vez con una niña de la mano; la niña tendrá cuatro o cinco años. El hombre las sigue hasta un pequeño parque donde se sienta en un banco, a cierta distancia. La niña juega con una pelota y en un momento dado, la pelota llega hasta los pies del hombre, que se inclina y la recoge. La niña se acerca corriendo y, a metro y medio, se para sonriendo, y dice, la pelota es mía. El hombre se la entrega y la niña vuelve corriendo hacia su madre, que no ha visto la escena anterior y charla con otra madre. La niña llega donde ella y le dice algo, las tres miran hacia él, sonriendo, y vuelven la mirada. El hombre mira hacia otro lado, se levanta y se va.
En los días siguientes, el hombre continúa su seguimiento, siempre en el parque. Se mantiene distante y observa atentamente. Un día aparece un chico que discute agriamente con la chica, besa a la niña y después se va.    Siempre a la misma hora, el hombre sigue a la chica y a la niña, sin acercarse nunca a ellas.
El hombre despierta y se incorpora en la cama. Después de un buen rato, se levanta y mira por la ventana. El día es gris, una espesa niebla lo cubre todo. Se ducha, se afeita, guarda la cuchilla en el bolsillo de su camisa y sale a la calle sin desayunar. Busca el local, paga su entrada al mismo empleado y se mete en un cubil idéntico al de la otra vez. Sale una chica negra a hacer su número. Con la cuchilla de afeitar, el hombre se hace un corte en la muñeca izquierda, y con el papel higiénico va empapándose la sangre. Pasan unos minutos, la sangre brota, lenta pero incesantemente. La chica negra sigue con su número. El hombre mira. Sus ojos no tienen expresión. Al poco, la cabeza se le inclina, la barbilla toca su pecho. La chica vuelve a estar frente a su ventana y sonríe insinuante, casi desnuda. No lo ve. El hombre se derrumba, el suelo enmoquetado amortigua el golpe.



viernes, 2 de octubre de 2015

Un brillo en sus ojos



UN BRILLO EN SUS OJOS
(Borgiana)

Para Zubi, mi mujer.
Yo no sabía nada de música, es la verdad, pero una amiga con la que andaba por entonces era gran aficionada y me llevó a escuchar aquél concierto donde sólo tocaban cuatro músicos, aunque enseguida yo solo tuve ojos para uno, bueno, mejor dicho para una, que tocaba, eso lo supe luego, el violonchelo, ya sabes, ese instrumento que es como un violín pero mucho más grande, y se apoya en el suelo mientras se tiene entre las piernas y se sostiene con una mano y con la otra se maneja lo que llaman el arco … yo, como te he dicho, no sabía nada de esto, que es algo que he ido aprendiendo con el tiempo, aunque sigo sin entender de música, o sin entender la música por decirlo de manera más precisa, que ahora puedo distinguir unos instrumentos de otros pero no me preguntes si una música es buena, o está bien o mal interpretada, yo de eso no sé nada ni me importa… como en aquél día, que lo único que me importaba era el violonchelo, o mejor dicho la chica en sí, lo demás me importaba una higa, porque, a ver si acierto a explicártelo bien, aquella visión de la chica tocando el violonchelo fue para mí como una revelación, no sé si se puede decir así… ya imaginarás que yo no atendía a la música que surgía de aquél aparato, ni siquiera si emitía algún sonido o estaba en silencio, yo veía a la chica y, … la veía desnuda, completamente desnuda, ¿comprendes? … sólo la leve inclinación momentánea del violonchelo me ofrecía o me tapaba ciertas partes del cuerpo, en tanto yo veía su espalda recta, que no apoyaba en el respaldo de la silla, sus muslos que abrazaban aquella madera y su brazo derecho que se movía según necesitaba la música, y tal debía ser mi atención que mi amiga pensó que yo estaba encantado con el concierto y así me lo preguntó, a lo que contesté, medio balbuceando que sí, claro, que me gustaba muchísimo, y cuando al fin salimos y fuimos a casa de mi amiga, no pude ni quise esperar a la cena que ella había preparado, e hicimos el amor, y ni un momento se me borró la imagen de la chica del violonchelo, de modo que me pregunté después con quién había estado haciendo el amor … hasta que eso supuso, porque aquél recuerdo no se desvanecía, que rompiera con mi amiga y me dedicara, como un loco a buscar a la chelista…sí, ya ves, como te he dicho aprendí los términos de aquél arte, la busqué, digo, durante varios días hasta dar con ella, cosa que no resultó tan difícil, como tampoco me fue difícil abordarla un día e invitarla a tomar un café, y ya me entiendes, una cosa trae la otra, y al poco empezamos a salir juntos, hasta que le pedí que tocara exclusivamente para mí a lo que ella accedió gustosa, pero quedó sorprendida cuando le dije que lo hiciera desnuda, lo cual al principio le pareció muy extraño pero, enseguida, apareció un brillo en sus ojos, y accedió con la condición de que lo haría pero cubierta solamente con una especie de camisón que tenía, que luego descubrí que era como un poncho, con una abertura para la cabeza y abierto por ambos lados, y yo, como comprenderás le dije que de acuerdo … así que puedes imaginarnos ahí, en su casa, ella medio desnuda tocando la misma pieza, que eso me lo dijo después, y yo deseando que acabara, pero no pude esperar y me acerqué lentamente y le quité aquél camisón verde, mientras ella seguía tocando y me miraba dulcemente, y allí mismo, junto al violonchelo, hicimos el amor por vez primera, que luego hubo otras muchas veces, hasta que llegó aquella gira de la que volvió con que se había enamorado del pianista, y eso fue una cosa que yo no pude asumir, y le pedí, una y mil veces, que volviera conmigo, pero no lo hizo, no … no lo hizo, y …bueno, lo demás ya lo sabes, Pozas, no tengo nada más que contarte ni ocultarte, y ahora que vas a salir libre quería decírtelo pues te estoy muy agradecido por la forma en que siempre me has tratado, y si quieres,  júzgame, seguro que serás más benévolo que la justicia de los hombres…

martes, 28 de enero de 2014

La última carta




Recupero hoy un viejo escrito basado en hechos reales






        

         No sé cómo voy a poder expresar,  mi querida Angelika, todo lo que siento en estos momentos; puede que sea una empresa vana. Pero prefiero escribirlo, tratar de escribirlo, más bien, que fiarlo todo al albur de la memoria. Igual me pasa como la primera vez que te vi, cuando salías, aquel domingo de la iglesia de San Andrés: quise hablarte, tenía que hablarte; eras tan bella..., pero me quedé sin habla. No fui capaz de articular una palabra y te vi pasar junto a mí, ajena a mí, mientras yo sostenía, estrujaba más bien, entre mis manos sudorosas mi pobre gorra de soldado. Tal fue la impresión que me causaste aquella primera vez. Cuántas veces lo he recordado, tan vívido en la memoria, la hermosura de tu rostro, la serenidad de tus ojos, pero también el gesto adusto de tu tía. Entonces no pude ni imaginarlo, lo achaqué al exceso de celo de quien se siente responsable por la joven vida confiada. Después, en los meses que aún pasé en Patras, viéndonos a hurtadillas bajo los arcos del acueducto romano, burlando su vehemente vigilancia. En cierto modo era normal que tratara de preservar la virtud y la felicidad de su sobrina y no confiarse a un mísero soldado italiano. Ya se sabe, es la fama de todas las tropas y más si son extranjeras: llegar, conquistar, ocupar (también los corazones) y después, acabada la guerra, olvidar. Por eso no se lo reprocho, hasta cierto punto es normal que te ocultara mis cartas en los meses siguientes. Solo que algo debió de avisarla en su cerebro y en su corazón cuando vio que el aluvión de cartas no se detenía, que pasaban los meses y aún los años y seguían llegando mis cartas, las cartas del soldadito italiano. Tal insistencia debió de hacerle pensar que lo mío por ti, mi querida Angelika, no era, ni mucho menos, algo pasajero. Quizás pensó que te arrebataría de su lado y que ella quedaría sola y abandonada. ¡Quién sabe lo que pasaría por su cabeza de vieja! Ahora que nosotros también somos viejos quizás debamos comprenderla y perdonarla, aunque al final de su vida, sin mostrar piedad ni arrepentimiento destruyera aquellos papeles, manteniéndote totalmente ignorante de mis noticias.

         Por eso quiero ahora escribirte, no sea que cuando te vuelva a encontrar me quede de nuevo sin habla o se me olviden las cosas que quiero decirte. Quiero que ésta carta te compense por lo que no te dieron las otras y que puedas leerla despacio, mientras el papel tiembla en tus manos y yo te observo en silencio descubriendo los rasgos nuevos de tu rostro, esas arrugas que te hacen más bella si cabe, tu pelo ahora blanco que recoges en la nuca. Debes saber que miro y miro tu retrato y me pareces aún más hermosa que de joven, tu cara ha ganado en dulzura y serenidad, tus ojos tienen un mirar más indulgente.

          Se lo he mostrado a todo el mundo, quiero que sepan por qué me voy a Grecia. Y especialmente a mi amigo Antonio, te acordarás de él, que ha estado este tiempo al corriente de todo. También, naturalmente, a mi hijo. No sé si éste entiende lo nuestro, he pretendido dejarle claro que nunca engañé a su madre, y es cierto, nunca la engañé. La pobre María nunca supo de ti, ni mucho menos lo que yo sentía. Y a ella la quise, la respeté y fui leal con ella. Sólo que en lo más hondo de mi corazón había un rescoldo que nunca se apagaba. ¿Seré culpable de eso, de sentir así? Pienso que sólo se me podrá acusar de no haber intentado extinguirlo, de no haberlo ahogado en las frías aguas del recuerdo. Mas, ¿qué somos, sino recuerdo? ¿Qué valemos si nos despojan de la memoria? Y ¿Qué habría conseguido tratando de olvidarte? ¿Es que habría podido? Quizás me habría forjado un carácter más frío, más distante. Quizás habría conseguido endurecer mi alma y hacer peor la vida de los demás. No obrando así, no tratando de olvidarte, cosa que por lo demás seguro que no habría conseguido, fui fiel al amor que nos juramos en las ruinas del acueducto tantas tardes. Dicen que con la distancia y el tiempo se olvidan las pasiones. Es posible que así sea, pero es que, mi querida Angelika, nosotros no estabamos lejos el uno del otro. Me bastaba recordar las escasas catorce horas del barco que nos devolvía a Crotona. Si aquel renqueante carguero pudo hacer la travesía en ese tiempo, qué no harían los más modernos barcos de transporte. Consulté mapas, calculé en unas 200 millas la distancia que separaba nuestras ciudades y me decía, está cerca, está cerca, allá al otro lado del mar. Por eso gustaba de salirme al puerto y mirar hacia levante. Allí sentado pasaba las horas, con tu recuerdo, buscándote en la profundidad sin límites del horizonte. ¡Cómo iba a olvidarte!  Es imposible que te olvidara.

         La posguerra fue un periodo triste y oscuro, especialmente en mi región calabresa. Existía la posibilidad de emigrar al Norte, Milán o Turín, decían que por allá había trabajo. Pero eso me alejaría de ti, de tus añoradas costas griegas, tan cerca, tan al alcance de la mano… Existía además la posibilidad de que, al fin, contestaras a mis cartas, que dieras señales de vida, y que pudiéramos rehacer la nuestra, ora en Grecia, ora en Italia.

      Al fin conseguí un empleo en la fábrica, aquí en Crotona. Significaba un ingreso seguro aunque menguado. Entonces conocí a María. Bueno exactamente, me la presentaron, provenía del pueblo de mi madre, en el interior, y era lo que puede decirse una chica conveniente. Después, ya te lo imaginas, la boda, el nacimiento de mi hijo, el pasar de  los años. María fue una buena esposa, una buena mujer, aunque quizá algo simple. No entendía lo que ella llamaba mis “arrebatos místicos”, que coincidían cuando más intenso se hacía tu recuerdo. Era inútil hablarme, cuando estaba ensimismado. Fue entonces, como te he dicho, cuando me dio por acudir al puerto, y aún hacerme aficionado a la pesca. Me sentaba en el muelle, las piernas colgando, la caña entre las manos, alimentando a los peces que pescaban otros, mientras mis ojos, sin ver, miraban al horizonte, y mis pensamientos volaban lejos, lejos ...Luego volvía a casa sosegado y tranquilo, dispuesto a entregarme entre los juegos infantiles de mi hijo y los cuidados solícitos de María.

         Queridísima Angelika, ahora dicen que somos viejos. Tal vez tengan razón. !Han pasado tantos años! ¡Tantas cosas! Nació mi hijo y te lo hice saber en una carta. Sería la última que tu tía te ocultó. La siguiente fue cuando enviudé, y a ésa si contestaste. Después me enviaste esta foto que ahora contemplo, mientras este barco tan moderno me lleva raudo hacia Patras. Un oficial me ha dicho que la travesía durará un total de 8 horas. Eso quiere decir que muy pronto te veré y debo terminar esta carta. Recuerdo ahora la vez anterior en que surqué estas aguas, en sentido opuesto, cuando nos repatriaron. Antonio, mi amigo, te diría mejor que yo cómo hice la travesía: sin decir palabra, los ojos arrasados por el llanto, en medio de un regimiento de soldados felices por volver a casa.

         Pero ahora, en cambio, soy feliz. Nunca pude imaginarme este desenlace. Yo, hijo de un país de emigrantes, hago al revés de todos. Con casi 80 años a cuestas, Angelika, con un hijo que no entiende porqué voy ahora a tu encuentro, a la edad en que los que pueden vuelven a la patria en busca del descanso final, yo, Luigi Suracco, natural de Crotona, que fui soldado en Patras luchando en una guerra que no entendía, navego ahora a tu encuentro.

         Me has dicho en tu última carta que estás un poco delicada de salud, pero feliz por volver a encontrarnos. Mi queridísima Angelika, no te preocupes, mi amor cuidará de ti, si hace falta, como cuidé de María en sus últimos meses. Lo que importa ahora, lo único que realmente importa, es que pronto, muy pronto vamos a volver a vernos. Te daré un abrazo, y luego, sin mediar palabra, te entregaré esta carta, para observar, absorto, cómo la lees despacio, el papel temblando ligeramente en tus manos, mientras yo observo esas arrugas nuevas en tu rostro y ese cabello blanco que ahora recoges en la nuca. Y cuando llegues a este punto de la carta, si reúno el valor suficiente, si no me tiembla el pulso, quizás acaricie tu mejilla levemente con el dorso de mi mano, y en ese momento tu alces levemente la mirada hacia mí para que yo te diga lo que tu sabes, lo que has sabido siempre: Te quiero, Angelika.




                                        
     Luigi Suracco no pudo cumplir su sueño; Angelika Stratigou había muerto horas antes de que él desembarcara en el puerto de Patras.



                     ________


             
                                  Aparecido en El Correo Español- El Pueblo Vasco, Navidad de 1.998:


                                                   Angelika Stratigou y Luigi Suracco, dos octogenarios que iban a casarse este mes, no podrán cumplir su sueño por la muerte de ella. Se conocieron en 1.941, cuando las tropas italianas ocuparon Patras, la ciudad en la que vivía Angelika. Terminada la guerra, Luigi regresó a Crotona y envió varias cartas a su amada, pero la tía de la destinataria se las ocultó. El se casó y tuvo un hijo, pero después de la muerte de su esposa, a principios de los noventa, buscó a su amor de juventud y descubrió que ella había permanecido soltera y aún le amaba.


                                                   ______________