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lunes, 2 de mayo de 2022

El Cancionero de Palacio

Artículo publicado en la revista OP Machinery, en su número de abril de 2022



El Cancionero de Palacio – propiamente, Cancionero Musical de Palacio- es un manuscrito encontrado en 1870 en la Real Biblioteca de Madrid – de ahí su nombre- por el Maestro Asenjo Barbieri, quién destacó como autor de zarzuelas, y lo transcribió y publicó en 1890 con el nombre de Cancionero musical de los siglos XV y XVI.

Así que ya sabemos lo que contiene: música de unos cuarenta años, entre finales del siglo XV y y principios del XVI, concretamente hasta 1520. Originalmente contuvo 548 piezas, de las que se conservan 469, y ellas de unos 50 autores, la inmensa mayoría españoles, salvo tres o cuatro italianos; entre los 50 autores destacan sobremanera Juan del Encina, del cual encontramos 63 villancicos, y Pedro de Escobar con 17. La lírica está, como es lógico en castellano con alguna incursión del vasco, el latín, el aragonés, y el portugués. Estas piezas que conocemos como villancicos, no tienen relación con los villancicos “navideños” de la actualidad; aquellos son, pues, canciones profanas con estribillo, escritas para dos, tres o cuatro voces y con una temática muy amplia, amorosos, festivos, pastoriles, burlescos, etc.


De su calidad musical, que está fuera de toda duda, y ha sido interpretada por los mejores ejecutantes contemporáneos españoles y extranjeros, no vamos a hablar. Ni yo tengo base cultural alguna para el más mínimo comentario ni son estas líneas lugar adecuado para ello. Pero como integrante de un coro – Cum Jubilo, en la órbita del afamado Coro Easo- me han llamado la atención algunos de sus textos y es eso justamente lo que quiero compartir con ustedes. Los autores son Juan del Encina, sobre todo, y Juan de Anchieta y Pedro de Escobar. Tampoco es mi intención entrar en el debate de si la autoría está fuera de toda duda o hay algunas discrepancias. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia, como suele decirse.


Pues bien, esas piezas a que me refiero son el motivo de este artículo y la razón de que me haya documentado en varias fuentes y haya encontrado razones suficientes para entregarlas a su lectura, que espero encuentren ustedes tan interesante como a mí me ha parecido.


Empezaremos con una obra de Juan de Anchieta, titulada Con amores, la mi madre, su obra más conocida. Nuestro autor nació hacia 1462 en Urrestilla, barrio de Azpeitia, en el seno de una influyente familia guipuzcoana, lo que le permitió completar sus estudios en la Universidad de Salamanca, donde posiblemente recibiera enseñanza musical del hermano mayor de Juan del Encina, e inmediatamente fue nombrado capellán y cantor de la reina Isabel la Católica, con quien estuvo en la conquista de Granada y en 1503 fue nombrado rector de la iglesia parroquial de San Sebastián de Soreasu, su pueblo. Siempre al servicio real desempeñó cargos de capilla para Juana la Loca y para Carlos I. En 1515, en una visita a su pueblo y en una disputa en su hogar familiar tuvo un enfrentamiento con sus dos hermanos pequeños, a resultas del cual pasó una temporada en la cárcel de Pamplona. Por esos años tuvo un hijo a quien dio su nombre y apellido, con una tal María Martínez de Esquerrategui, mujer suelta, entendamos sin marido, y vecina de su pueblo; a su único hijo legó cuatrocientos ducados de oro, siendo una sobrina su heredera universal. Los cuatrocientos ducados de oro, se supone, daban para la educación superior del nuevo Juan de Anchieta, de quien no sabemos que vida tuvo, entre la chanza, inevitable, de ser hijo del cura. Su padre murió en su palacio, que hoy podemos admirar en Azpeitia, en 1523.


Así que ya ven, una vida rica y variada, de la que se supone que disfrutó, alternó con los reyes y sus hijos, viajó hasta Flandes, Italia e Inglaterra, pisó la cárcel, reconoció a su hijo ilegítimo a pesar de su condición religiosa, y pasó a la posterioridad por obras como la que sigue, Con amores, la mi madre, escrita en octosílabos y para cuatro voces.

Dice así:

Con amores, la mi madre

con amores m´adormí.

Así dormida soñaba

lo qu´el corazón velaba

qu´el amor me consolaba

con más bien que merecí.

Adormeciome el favor

que Amor me dio con amor:

Dio descanso a mi dolor

la fe con que le serví.


Pueden escucharlo de boca de Teresa Berganza, acompañada por Narciso Yepes y Félix Lavilla, pinchando abajo:


https://youtu.be/6i3gin3jfmQ


(continuará)















 

martes, 20 de octubre de 2020

Angus Burger


 

Obtuve la foto que ilustra esta entrada de hoy en el comedero de la zona de servicio de la autopista del Ebro, sita en Tudela (Navarra). Me llamó la atención el hecho de que la carne de una hamburguesa fuera Angus. Y más aún que se ofreciera a un precio tan bajo, en torno a los 5,5 euros por una hamburguesa de 220 gramos, lo cual llevaría a un precio de 25 euros en total por el kilo de la carne, más el tomate, el queso ahumado, las patatas, el pan y la preparación. Digo tan bajo porque la carne lleva la apelación de Angus de Nebraska, aunque en la parte superior diga solamente Carne de Nebraska, que no es lo mismo. Veamos lo que esto puede significar:

La raza vacuna conocida como angus es muy apreciada entre los amantes de la carne, como lo son también las carnes de vacas Hereford, o las llamadas limousinas o las charolesas; esto, internacionalmente: en España tendríamos que hablar de otras razas, más o menos igual de buenas pero sin tanto pedigrí. Esta angus procede de la zona de Aberdeen, Escocia, donde tuvieron la vista de mantener la genealogía correspondiente. Gracias a esto, sabemos que dos novillas y un semental fueron enviados a Estados Unidos en 1878, y admitamos que dejaron su progenie en Nebraska. Igualmente, países donde hay una vasta descendencia de este ganado son Argentina y Uruguay. De modo que los vocablos Nebraska y angus comenzaron a conjugarse juntos. Pero hay que saber también que a su vez Angus es el nombre de una especie de asentamiento que fue fundado hacia 1867, pues cien años después, en 1967, para celebrar el centenario de dicho asentamiento, se construyó una casita de argamasa, de la cual en 2006 quedaban de pie un trozo de pared y una ventana. Aquél asentamiento debía su nombre a un tal J.B. Angus, del que sabemos que era ferroviario. Así que ya ven ustedes, si no hay un certificado por medio – ya saben, de Denominación de Origen Controlada-, de cualquier trozo de carne puede decirse que viene de Angus, Nebraska, o de la dehesa más cercana al sitio de residencia de ustedes, amigos míos, lo cual no quita para que pueda ser una buena carne, e incluso excelente. Por decirlo de otra manera, ni toda la carne angus procede de Nebraska, ni toda la carne angus está certificada.

Hace ya unos treinta años, la cadena Burger King comenzó a ofrecer esa carne en sus hamburguesas, lo llamó Angus Burger, y al poco fue seguida por McDonald´s. No podemos poner en duda que esas compañías (y las demás) nos vayan a dar gato por liebre. Ahora bien, no me parece aconsejable consumir carne picada si no se tiene una fe ciega en el carnicero, así que sin conocerle… Y por otro lado, ¿ustedes harían picadillo de un solomillo de una buena carne de vaca criada en España? Pues eso. Seguir a ciegas los hábitos alimenticios de países menos desarrollados que el nuestro en esa materia me parece de lo más estúpido. Coman ese solomillo o ese entrecot bien asado, y no abusen nunca de la carne, aunque sea buena. Y si les gusta el queso, aprovechen la infinita variedad de los elaborados en nuestro país. Y no lo mezclen con la carne; saboreénlo por separado.

























lunes, 18 de mayo de 2020

Población y poesía (5)


Este texto se publica en la revista OP Machinery, en su número de mayo.


Siempre me detengo en la sección de Cartas al Director en El Diario Vasco, que más o menos, leo a diario. Hay tres o cuatro firmas que se repiten con cierta cadencia y con los que estoy de acuerdo, en una gradación del mucho al bastante. Esta vez creo que fue el título y algunas palabras al vuelo, pues no conocía al remitente, lo que me impulsó a leer la carta entera. Y enseguida cautivó mi atención, pues al instante la música del romancero se apoderó de mí: aquello era un poema, a pesar de que en el periódico apareciera escrito como texto, todo seguido.
Que no se moleste el responsable de la sección; puedo entender la escasez de espacio, pero si lo leyó – y eso es seguro- no comprendo que no sintiera aquella chispa que sentí yo.
Me puse ante el portátil y fui dando forma a aquél párrafo maltratado: en efecto, estaba ante unos octosílabos bien hilvanados que destilaban, además, la queja y el dolor por unos hechos que cualquiera que los conozca no puede menos que condenar tajantemente, y, más aún, estando nosotros, como Estado, directamente implicados.
Véanlo ustedes mismos:

DONDE MUERE EL AMOR

La tierra roja se vuelve
por sangre de unos hermanos.
Masacramos refugiados,
somos nazis del terror.

Otro holocausto se cierne
donde yacen hacinados
los que huyendo de la muerte
viven en la sinrazón.

Van pasando muchos meses,
cada vez más olvidados
y ya el alma se les muere
y también el corazón.

Los gobiernos que hoy pueden
solucionar sus traslados
como Pilatos proceden
sin vergüenza y sin rubor.

Y como a bestias los tienen
(¿qué son derechos humanos?)
olvidados a su suerte
y engalanados de horror.

Dudo si corazón tienen
hace falta demostrarlo.
En Lesbos campa la muerte,
en Moria muere el amor.

De modo que estaba ante un poeta, era evidente. Un poeta con preocupaciones humanitarias, eso también. Releí la firma: Roberto Panizo, Elgoibar. Bueno, no estaba lejos, menos de 50 kilómetros de casa.

No me resultó difícil localizarlo, y el mismo día estaba hablando con él. Roberto es un jubilado (casado, dos hijos, dos nietos) nacido en Bilbao hace 64 años y residente en Elgoibar desde que tenía cuatro. Hombre de profunda fe religiosa – en esto no nos parecemos, le dije-, hace sus pinitos poéticos desde hace unos cinco años y tiene un libro publicado.
Como ejemplo de su obra, vean a continuación lo que sigue, que describe la futilidad de una vida sin sentido y la necesidad de la reflexión a tiempo.

EN ESTE MOMENTO

Caminamos tan aprisa
que cada momento es bueno,
para utilizar los frenos,
y aminorar de puntillas.

Y conseguiremos vernos
cada vez con más apego,
sintiendo al reconocernos
que no perdimos la pista.

Saboreemos la vida.
Avancemos paso lento
sintiendo cada momento
que merece ser vivida.

Tal vez logremos la dicha,
cuando por fin encontremos
la suerte de conocernos
sin marchar a la deriva.

De modo que ya ven que la poesía aparece por doquier; a veces con poetas
de prestigio que nos dejan sus obras para que podamos leerlas por las ciudades y pueblos, casos de Celso Amieva y José Jurado Morales, otras veces, poetas desconocidos como Vincenzo Cancila, en un hotel en Agrigento, o Teófilo Marcos en un bar de Celorio, y otras como mi estimado Roberto Panizo, a quien El Diario Vasco quiso reconvertir en prosista.

La poesía se despliega por doquier. Lo importante es que andemos listos y avistemos la presa. 

jueves, 5 de marzo de 2020

Población y poesía (4)

Este artículo se ha publicado en la revista OP Machinery, en su número de febrero pasado.











Hoy les traigo unos octosílabos, esos versos de los que los expertos dicen que son los que mejor le vienen al castellano, en los que están escritos tantos y tantos romances. Digo al castellano porque en aquella época del romance, creo que no era tan obvio el concepto de España, y mal podía hablarse del español. Por si alguien tiene dificultad para leerlos del original, los reproduzco a continuación. Dicen así:


Playas doradas de arena
mareas vienen y van
el viento se vuelve brisa
entre las rocas y el mar.

Rocas negras, horadadas
de tanto abrazar al mar
las piedras, enamoradas,
lloran cuando el mar se va.

Detrás de las playas, verde,
detrás del verde, montañas,
en las montañas collares
de nubes cada mañana.

Playas de marea baja
que reflejan como espejos
los pescadores, la barca,
las nubes, los aparejos.

Cuatro vacas, una calle,
diez callejas, veinte casas,
jardines, huertas, frutales
festoneados con tapias.

Olores a hierba fresca,
manzanas, estiércol, algas,
a sal de brisa marina,
a sidra, sarmientos, brasas.

Rincón de gentes sin prisa
que valoran la amistad,
que sonríen cuando marchas
sabiendo que volverás.

Costa verde, cielo astur,
unión de mar y montaña,
de soles, lluvias y viento
que ralentizan el alma.


Su autor, Teófilo Marcos, los escribió en el verano de 1981, según confesión propia en la foto que los reproduce, junto a un sencillo dibujo de la costa de Celorio, del propio autor. Esta pequeña referencia, en un cuadro que adorna una pared del Bar Chiqui, sin duda el de más solera de la localidad llanisca, es la única pista de que dispuse para tratar de encontrarle, ya que nadie me pudo decir más que el hecho de que fuera un asiduo veraneante adicto a Celorio.
Siguiendo unas elementales pesquisas supe que Teófilo Marcos, natural de Salamanca es, aunque ya esté retirado, un reconocido prohombre en el campo de la publicidad española, admirado y respetado, siendo socio de honor en la Academia de la Publicidad. Esta dedicación profesional no le impidió dar rienda suelta a su afición creativa, en la que nos deja claras muestras de su capacidad para transmitir sus sentimientos, adornados con sus dibujos que se adaptan a lo descrito como el más fino guante de cabritilla a la mano; autor de poemarios que indagan en su propia personalidad, en sus recuerdos, en esos pensamientos que nos acompañan a lo largo de nuestra vida...Como artista plástico, sus pinturas y collages, su amor por el blanco y el negro o su aprovechamiento de la fina sombra que proyecta el alambre sobre el fondo, son asimismo muestras de su sensibilidad de creador. Finalmente conseguí su teléfono y pude hablar con él, y de esa conversación surgió el conocimiento de su obra que admiro.
En estos octosílabos se describe perfectamente lo que es Celorio, su cuerpo y su alma, como el mismo Teo Marcos me reconoció, pues los escribió en un instante de arrebato sentimental hacia el pueblo en el que pasó temporadas durante muchos años, y al que regresa casi todos los veranos aunque solo sea para tomarse una sidrina y saludar a sus amigos del Chiqui.
Espero que la próxima vez coincidamos en Celorio; tenemos un par de aficiones en común y varias cosas sobre las que charlar sosegadamente.




La entrada Población y poesía hace referencia a la villa de Llanes y a su eximio poeta Celso Amieva, cuyos versos grabados en acero puede usted pisar en un paseo por el casco viejo. Ver https://literharturas.blogspot.com/search?q=Poblaci%C3%B3n+y+poes%C3%ADa .

Asimismo, en Población y poesía (2) la ciudad es Peñíscola y el poeta, gran experto en sonetos, José Jurado Morales; véase https://literharturas.blogspot.com/search?q=Poblaci%C3%B3n+y+poes%C3%ADa+%282%29 .

domingo, 25 de agosto de 2019

Manteros en Peñíscola




Seguramente esto es una realidad en otros lugares, al menos en Peñíscola es una constante, año tras año.
Verán: El verano trae miles de turistas que, lo quieran o no, acaban deambulando por el paseo marítimo a lo largo de la conocida playa que nace a los pies del castillo del Papa Luna y se encamina hacia la vecina Benicarló.
Por otro lado, esos seres que arriesgan su vida cruzando el Mediterráneo, encuentran en la venta ambulante un medio para ganarse la vida, por increíble que parezca. Los ciudadanos de a pie ignoramos quién o quiénes les facilitan la mercancía, textil en su mayoría, pero se habla de “mafias”, así, en genérico; en fin, ¡quién lo sabe!, pero lo seguro es que no hay unos fabricantes para lo que va en el top manta, y otros distintos, más serios, claro está, para lo que se vende en el comercio tradicional. Lo cierto es que, provenientes en su mayoría de Benicarló, se les puede ver venir en el bus, a algunos en bicicleta, y estacionarse sobre el referido paseo donde extienden su sábana que les sirve de petate. Nada de particular, ocurre en todos los sitios turísticos, como decíamos más arriba.
Peñíscola tiene sus peculiaridades. Cuando se regeneró la costa, obra terminada en 2003, a base de verter 1,2 millones de metros cúbicos de arena de cantera – buen negocio para el propietario de la cantera cercana–, mezclados con otros 300.000 metros cúbicos de arena extraída de la playa sur con una draga, y se vertió sobre la otra, sin esperar, según la “vox populi”, como era preceptivo a que desde el laboratorio de Castellón a donde se llevaban las probetas de arena para su análisis dieran su conformidad para asegurar que se trataba de arena y no de lodo, ya el mal quedó hecho, y hoy, a lo largo de esos casi cuatro kilómetros de playa hay zonas buenas y otras, las más, “manifiestamente mejorables”, donde aflora el cieno mezclado con el grano grueso de la cantera que hacen difícil e incómodo el paseo por la orilla; al margen de que en los días de fuerte oleaje que revuelve los fondos, las olas tornan del azul mediterráneo al color terroso del limo aportado. De cualquier manera, se consiguió un frente marítimo que desde lejos simula una playa, lo que ha posibilitado que hoy en día ya no queden solares vírgenes a lo largo de su desarrollo. La profundidad de la playa es notable, alcanzando en algunos puntos más de cien metros, los que hay que recorrer hasta llegar a la orilla. No obstante todo lo anterior, la playa norte de Peñíscola está en el TOP 10 de las mejores playas del levante español, si no del universo mediterráneo: verifiquen este dato en internet, si se resisten a creerlo.
Consumado este despropósito, se diseñó un paseo marítimo por el que discurre la carretera de Benicarló, de dos sentidos y aparcamiento a ambos lados, que en la temporada alta es escenario de increíbles atascos mañana y tarde; por el lado oeste, el de tierra, hay una acera estrecha en la que hay zonas donde no se puede pasear con un coche de niños, no digamos nada si son mellizos o gemelos, y en otras, las farolas del alumbrado público, obligan a salir a la carretera; por el lado este, el del mar, la acera, algo más ancha, convive con una especie de carril bici, por el que ruedan también unos carricoches a pedal de metro y medio de ancho con unas estridentes bocinas, más los consabidos patinetes eléctricos. Pues bien, en los dos o tres metros restantes, nuestros amigos los manteros extienden sus petates para exhibir las camisetas, gorros, zapatillas deportivas, o juguetes para los más pequeños. Así, imaginarán ustedes que esa, llamémosla acera, recuerda la imagen de un mercado persa o un zoco árabe, por el que apenas se puede caminar en línea recta.
Y claro, ahí entra el Ilustrísimo Ayuntamiento de Peñíscola – o como se llame oficialmente -, que lejos de entonar un mea culpa por la chapuza en la que los españoles todos nos gastamos al pie de los 4.000 millones de pesetas (25 millones de euros), se ha puesto a legislar muy digno apuntando al flanco débil del problema: prohibir la venta ambulante con lo que, de paso, queda bien con los comerciantes locales que son los que le votan. Es decir, actúa como si hiciera algo para que lo vean sus vecinos, pero sin hacer absolutamente nada, mientras trata con esa inacción de escurrir el bulto y dar la sensación de eficacia en esa lucha sin cuartel que tiene que librar en solitario contra la inmigración ilegal, causa y origen de todos los males patrios, como sabemos todos, pues los migrantes africanos vienen a quitarnos los puestos de trabajo - vean quienes son los que doblan el espinazo en la enorme huerta que se despliega desde Peñíscola hasta Alcanar, pasando por Benicarló y Vinaroz. Hasta ahora, y desde hace tres o cuatro años, era suficiente con unos cartelones como el que han podido ver ustedes al inicio de esta entrada, más un par de patrullas de guardias municipales, ante cuya presencia los manteros recogían sus petates, y saltaban el murete que separa el proyecto de acera de la idea de playa, con lo que parece que quedaban a salvo de los guardias, al estar en un dominio de costas y no municipal. Con los primeros cartelones de los 750 euros, que imagino que nunca han sido cobrados a ningún comprador, se acabaron los saltos a la playa, pero este año la afluencia de manteros ha crecido sustancialmente, y la megafonía pública -que resulta especialmente molesta para los ciudadanos – advierte en varios idiomas de que la multa ha ascendido a ¡1.500 euros! Mi mujer me recuerda, creo que con acierto, que nunca un medio acústico estará por encima del medio escrito, por lo que los cartelones seguirán vigentes a pesar de la presencia de la megafonía.
Eludiendo, no solo la legalidad de tales preceptos municipales sino también la propia capacidad jurídica para emitirlos, esta posible práctica que, insisto, más parece amenaza que posibilidad real de ejercerse, se basa en la consideración del ciudadano como ente jurídico sin derechos, información o sentido común. ¿Cómo entiende este Ayuntamiento el principio jurídico de proporcionalidad entre el delito, el daño causado y la pena impuesta? ¿Puede alguien que haya comprado una camiseta por siete u ocho euros ser condenado a pagar una sanción de mil quinientos? ¿Será la cárcel la alternativa, o será enviado a galeras? ¿Puede el siguiente paso conllevar la horca para el delincuente?
La protección para el comercio local podría ser más efectiva negando el permiso municipal a la apertura de las grandes superficies, haciendo que se respeten horarios más normales para el comercio, o combatiendo la venta por internet, por citar sistemas que parecen muchísimo más perjudiciales para el pequeño comerciante local. Y la defensa para los turistas que llenan Peñíscola se podría cimentar en otras medidas, como se hace en otras localidades turísticas, en vez de enfrentar a la población con los manteros. Porque, a estas alturas, está ya perfectamente claro que el número de éstos crece exponencialmente aunque el Ayuntamiento se empeñe en impedirlo; su Alcalde seguro que lo sabe, no en vano, en la anterior legislatura simultaneó su cargo con el de Diputado Provincial de Turismo: nadie más y mejor enterado que él en estos menesteres.












sábado, 17 de agosto de 2019

De reyes, de curas y de dioses. Y de memes



Uno de los más tempranos y persistentes recuerdos de mi infancia es el arco de Carlos III. Sito a escasa distancia frente a mi casa, fue la entrada a la fábrica de cañones de La Cavada; en su frontispicio yo podía leer las palabras Carlos III Rey. Año 1784. El otro recuerdo, más difuso, y del que ya he hablado en este medio, es un autorretrato de Goya. Más tarde, supe que ambos, Carlos III y Goya tuvieron algo en común que les hizo imperecederos: el primero fue ,quizás, el más notable rey español –aunque viniera de Italia- y el segundo uno de nuestros mejores pintores, pintor de cámara del propio Carlos III y de su hijo, Carlos IV.

Aquí quería yo llegar, para encontrar un nexo común sobre lo que voy a explicarles. La foto que viene a continuación es un retrato de María Luisa de Parma, nuera de Carlos III y esposa de Carlos IV, y por tanto, Reina de España.




No hace falta explicarles que se trata de un meme de entre los miles que circulan a diario por las redes, pero que despertó mi interés por nuestra querida María Luisa de Parma. No creo que haya habido dinastía alguna que no se haya visto envuelta en robos, expolios o apropiaciones indebidas, por ser suaves con las realezas; es normal que esto ocurra cuando se ejerce un poder absoluto o cuasi absoluto. Lo hemos visto en las dictaduras, sin ir más lejos la que sufrimos en nuestro país hasta hace cuarenta y pico años, o menos, y también en las democracias.

Limité la búsqueda a tres medios: Wikipedia por neutral, el diario ABC por ser el portavoz tradicional de los sentimientos monárquicos, y Nuevatribuna.es por ser un diario digital comprometido con los valores de libertad, igualdad y justicia, para compensar con el anteriormente citado, ayudado en estas labores por mi mujer.

Y nuestra María Luisa de Parma – de Borbón Parma, para ser más exactos -, no se distinguió por su labor, digamos recaudatoria. Lo que la ha hecho pasar a la historia fue ser una especie de devoradora de hombres – solo en el aspecto sexual-, una ninfómana, o padecer un acusado furor uterino o vaginal, como ustedes prefieran.

Pero claro estos comportamientos pueden tener su mayor o menor trascendencia dependiendo del oficio de la persona en cuestión. ¿Quién puede sospechar acerca del comportamiento sexual de una abuela, por no citar familiares más próximos? Pero, ¿y si la persona en cuestión tiene como misión asegurar la descendencia precisa para mantener la dinastía? Aquí, las cosas cambian. De modo que nuestra curiosidad creció, y en éstas apareció un nombre clave en todo este asunto: Fray Juan de Almaraz.

Sabíamos que Carlos III fue un gran rey, en España, y en Nápoles, donde ejercía el mismo oficio. Sabíamos también que su heredero Carlos IV venía de fábrica con muchos defectos. Aprendimos que estaba radicalmente en contra de que éste se casara con la parienta de Parma. ¿Sabía o sospechaba algo? La familia Borbón reinaba en Francia, en España y en amplias zonas de Italia...en fin, algo conocería sin duda. Pero volvamos a la de Parma. Consumado el matrimonio sabemos que tuvo 14 embarazos a término aparte de otros 10 abortos; total 24. De los primeros solo 7 llegaron a la mayoría de edad, entre ellos el heredero, que habría de reinar con el nombre de Fernando VII, de infausta memoria.

Pues bien, lo más interesante vino con las declaraciones de Fray Juan de Almaraz que era su confesor. Unos días antes de su fallecimiento la Reina le requirió para confesión, y vino a decirle que “ninguno de mis hijos lo es de Carlos IV, por lo que la dinastía Borbón se ha extinguido en España”. Imagínense ustedes cómo se le quedaría el cuerpo a nuestro confesor. Por su parte, María Luisa, sabiéndose liberada de la pesada carga que oprimía su conciencia – pues eso es la confesión católica, si no me equivoco- se dispuso a encontrarse con el Creador misericordioso, cosa que acaeció a los pocos días. Volvamos a Fray Juan: la misma carga de la que se había liberado su señora la Reina, vino a depositarse en sus débiles hombros eclesiásticos: la dinastía Borbón extinguida en España, y él, ¡solo él!, estaba al tanto de ese extremo. Realmente, el Creador de todo lo existente ponía sobre sus hombros no una carga, sino una pesada losa. El futuro del reino estaba en sus manos, ¿qué debía hacer? ¿hacérselo saber al Rey, por ejemplo? Pero, ¿y el secreto de confesión al cual se debía? No creo que pudiera haber persona tan atribulada en esos duros momentos sobre la faz de la tierra. Sea como fuere nuestro fraile optó por una solución salomónica: redactó un documento que no debería abrirse mientras él viviera, con lo que satisfacía el secreto de confesión, al tiempo que dejaba clara y concisa noticia de lo que la última reina le había revelado. Vean el documento:

Como confesor que he sido de la Reyna Madre de España (q.e.p.d.) Doña María Luisa de Borbón, juro imberbum sacerdotis cómo en su última confesión que hizo el 2 de enero de 1819 dijo que ninguno, ninguno de sus hijos y hijas, ninguno – de los catorce que tuvo – era del legítimo Matrimonio; y así que la Dinastía Borbón de España era concluida, lo que declaraba por cierto para descanso de su Alma, y que el Señor la perdonase.
Lo que no manifiesto por tanto Amor que tengo a mi Rey el Señor Don Fernando VII por quien tanto he padecido con su difunta Madre. Si muero sin confesión, se le entregará a mi Confesor cerrado como está, para descanso de mi Alma. Por todo lo dicho pongo de testigo a mi Redentor Jesús para que me perdone mi omisión. Roma, a 8 de enero de 1819. Firmado Juan de Almaraz”

De modo que nuestro hombre se tomó seis días en redactar dicho documento y descansar, pero esto último no lo logró. Fernando VII, del cual ya conocen ustedes la ralea, llegó a conocer su contenido y ordenó su detención. ¿Y dónde creen ustedes que fue a cumplir su perpetua condena? En el castillo de Peñíscola, el mismo que estoy viendo mientras escribo estas líneas para ustedes. Ya ven, hemos empezado hablando de Carlos III en La Cavada, y acabamos con Fernando VII, su nieto, en Peñíscola, sitios ambos de gran significado para mí.

A su criterio personal dejo la consideración sobre la legitimidad de la dinastía española de los Borbones, así como sobre la propia religión o la fé que en ésta tenían los interesados. Me explico: Carlos IV, en su inocencia, no comprendía que los reyes pudieran obrar mal, ungidos como estaban por el mismísimo Dios, de quién les venía el poder, o que las reinas pudieran pecar de adulterio, por la misma razón. Padre, hay una cosa que no comprendo… Si todos los reyes somos designados por la gracia de Dios ¿Como pueden existir malos reyes? ¿No deberían ser todos buenos reyes? Carlos III mira a su hijo y le contesta: Pero qué tonto eres, hijo mío. Así acababan estas conversaciones; su padre, Carlos III, era un hombre culto e inteligente y, por consiguiente, conocía la realidad de la religión y también su utilidad. Lo que Marx explicitó cien años después: la religión es el opio del pueblo, se sabía desde tiempos inmemoriales, aunque aún en nuestros días existan miles de millones de creyentes de distintas deidades.

Lo dicho, a su criterio queda.











domingo, 28 de julio de 2019

Más fotografías

Una conspicua lectora me ha comentado, con respecto a la anterior entrada de Un día de playa, que hay que ver cuánto da de sí una foto. Esto me ha recordado otra entrada de hace unos años, titulada Fotografías, que versaba versaba precisamente sobre eso, sobre fotos. Se la ofrezco de nuevo con un pequeño comentario al final.



Fotografías



Hoy he estado un buen rato revisando viejos álbumes de fotos: fotos de familia, con amigos, de vecinos, de relaciones profesionales, de viajes, etcétera. Al ver las fotos, uno no tiene otro remedio que preguntarse: ¿Qué es, en realidad, una fotografía? ¿De qué hablamos, del recuerdo de una fotografía o de la fotografía –representación- de un recuerdo? Porque lo primero era eso, queríamos dejar constancia de un momento, a veces banal, otras veces quizás, único e irrepetible; sin embargo, lo segundo nos retrotrae a aquél instante. Un instante que captó personas y cosas que quizás ya no existen. También sentimientos, emociones, anhelos;  pasiones también.

         Así es, he visto fotografías donde aparecen personas que ya no existen. Por razones biológicas, las más de las veces. Las hemos visto morir, en su momento, si podemos decirlo así; otras se fueron temprano, más temprano de lo que su edad haría suponer. Pero hay otras que, simplemente, ya no vemos, no tenemos ningún contacto con ellas y bien pudiera suceder que hubieran muerto. Hay una foto en la que reconozco a un oficial del ejército soviético que había participado en el sellado de la central de Chernóbil. Al despedirnos me dijo que ya no nos veríamos más, le quedaban pocos meses o años de vida. Así que normalmente hace años que habrá muerto. Fuerzo la vista para tratar de encontrar en sus ojos un atisbo de algo, quizás de tristeza, pero está sonriendo francamente. Seguramente en ese momento no se acordara de su sentencia de muerte.

         Sin embargo, a medida que las fotos son más antiguas, me parece apreciar una mayor seriedad –no digo tristeza, sólo seriedad- en los rostros. Característica que también se acentúa, o así me parece verlo, a medida que se desciende en la escala social de los protagonistas. Quizás sea debido a una menor costumbre a ser retratado. Quizás, en nuestro deseo de dar una mejor imagen de nosotros mismos, el propio empeño nos hace tomarnos la pose más en serio: componemos mejor la figura, tratamos de ofrecer nuestro mejor perfil y, como mucho, esbozamos una sonrisa. Esto contrasta sobremanera con las fotos de personajes jóvenes de la era digital. Sea por la costumbre, sea porque el soporte no tiene valor y se puede repetir la toma ad líbitum, las fotos de esta generación son una sucesión de poses desinhibidas, sonrisas amplias y gestos ampulosos.

         También he visto fotografías, pocas, lo confieso, que me han llamado la atención por cierta intencionalidad que me ha parecido apreciar en algunas miradas. Me explico: Son como el cuadro de Las Meninas, fotos de grupos humanos, en actitudes diversas, entregados a sus quehaceres, donde unos miran a la cámara, otros a lo que están haciendo, sea leer o coser, y hay uno o una que mira a otro del grupo con una mirada delatora. ¿Habría ahí algo especial? ¿Lo sabría siquiera el destinatario, ignorante en ese momento? Y, aunque esto sea más difícil, ¿habrá éste visto la foto después? ¿Se habrá fijado en esa mirada? ¿Le habrá confirmado ciertas sospechas? ¿Le habrá animado a un movimiento que quizás juzgaba atrevido o carente de base? Imagínense ustedes mismos, hay para una novela, ¿verdad?

         La foto de un recuerdo y el recuerdo de una fotografía. Ambas cosas se refieren al pasado, por más que sea un pasado de hace dos segundos. Sin embargo, el cine no es otra cosa que la proyección a una velocidad determinada de una sucesión de instantáneas que da a nuestros ojos la sensación de un presente continuo. Y el cine versa sobre cosas pasadas. Como la fotografía. Y sobre cosas actuales. Como la fotografía, también. Pero, además, el cine tiene la virtud de llevarnos al futuro. Podemos ver una película que arranca con la infancia, sigue con la madurez y termina con la vejez de sus protagonistas. Hasta con su muerte, si me apuran. ¿Será esto mismo posible algún día con la fotografía? Claro, el cine está basado en la fotografía, pero ¿podremos ver nuestra última foto, la foto de nuestro último instante? Según la teoría de la relatividad esto sería posible, depende de la correlación espacio-tiempo; otra cosa es que lo quisiéramos ver.

Entrada del 25 de marzo de 2014.


Hasta aquí lo publicado en la fecha que se indica en la línea anterior. Ahí acababan los conocimientos sobre la fotografía; al menos, los míos, bien escasos. Pero hete aquí que el desarrollo tecnológico no tiene límites y se desarrolla a una velocidad inimaginable -hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, se canta en La verbena de la Paloma. Y ahora tenemos una herramienta, una aplicación que nos permite ver al momento cómo seremos el día de mañana, cuando seamos mayores. Iba a decir viejos, pero he recordado un dicho mejicano: viejos son los cerros, y reverdecen, así que dejémoslo en mayores. De modo que para comprobar personalmente si esto de ver nuestro futuro en una foto es cierto, ni corto ni perezoso, me he descargado la famosa aplicación -FaceApp, se llama- y he obtenido mi propia foto de mayor.
¿Que quieren conocer el resultado? Voy a serles sincero: no funciona. Verán, me ha salido la foto de un señor (eso soy yo, ¿no?) con todo el pelo blanco, un bigotito entreverado, y el rostro lleno de arrugas y manchas cutáneas. Y con gafas.
¿Que ese soy yo? Pues sí, exactamente, ése soy yo. Debe ser que ya me he hecho mayor. Reverdezco, pero muy de vez en cuando.
  

sábado, 20 de julio de 2019

Un día de playa








Un día de playa puede llegar a ser una experiencia enriquecedora. Y si vas, como es habitual hoy en día, armado con el móvil, puedes llegar a obtener imágenes como la que ilustra este comentario. Aunque, no crean ustedes, hace tan solo unas horas he escuchado en la radio que un señor turco que perdió una pierna a consecuencia de un disparo, había demandado al hospital donde se supone que el apéndice había quedado en aquella aciaga jornada, por el uso indebido de la imagen del mismo sin su autorización expresa. Esperemos que en esta ocasión no pase nada parecido.






Lo cierto es que mi mujer tomó esta instantánea, y al igual que los demás que estábamos con ella, nadie se había percibido de quién podía ser su propietario, o propietaria. Y a la vuelta del chiringuito ya no había ningún rastro. Aseguro, por si acaso, que de haberlo sabido no hubiéramos sacado la foto, ni mucho menos la publicaría yo en este medio de tan gran audiencia que están ustedes leyendo ahora.
Era lo que se puede ver: una prótesis derecha calzada con una zapatilla que podía ser playera, a juzgar por lo que parece ser una suela de esparto, cubierta con una media color carne, y en lo que no se ve de su, digamos, anatomía, lo que puede ser una especie de bata o vestido a rayas blancas y azules, y encima, quizás, una camiseta verde; en resumen, me inclino a pensar que su dueño es del género femenino. Se pueden ver a su lado unas chanclas de playa, quizás de un acompañante, y parte de una toalla playera.
Esto es lo que se ve, otra cosa es lo que sugiere. Afortunadamente, hoy en día personas con impedimentos físicos importantes pueden tomar el baño al que tienen derecho, e incluso en playas urbanas, hay un servicio de ayuda para ese menester.
Sobre el negro de la roca, destaca la prótesis, mudo testigo de alguien ausente. Al fondo se ve, puesto a secar un bañador.
El niño nos entrega dos realidades: una, un pasillo invisible por el que deambula, que no habríamos descubierto sin él, y otra, la pujante realidad de la vida misma. Su andar decidido, lleno de vida y fuerza, que le hace permanecer ausente de lo que descansa a su lado, contrasta radicalmente con el trozo inerte dejado en la roca. Ese es el valor de la foto, eso es lo que me ha movido a traerla a estas páginas. El ojo de la fotógrafa nos muestra la vida misma, su fragilidad y su fortaleza entre la rudeza evidente de la roca. 
En un solo clic.



lunes, 7 de mayo de 2018

El crimen de Cuenca







Hace unos días pude volver a ver "El crimen de Cuenca", la película de Pilar Miró. Igual que las otras dos o tres veces anteriores, me impresionó. Y ahora, antes de que se me borre, quiero dejar esa impresión en el papel.
La película narra los hechos traumáticos acaecidos hace un siglo, entre 1910 y 1928, en unos pequeños pueblos del partido judicial de Belmonte, Cuenca. Hechos traumáticos porque en ese ambiente semi rural de hace cien años, la desaparición de un joven pastor, la posterior denuncia de tal hecho contra dos vecinos del pueblo, su detención, su autoinculpación, juicio y condena, necesariamente tenía que afectar a la vida de aquellas personas.
Hay una magnífica elección de exteriores, interiores,  vestuario; la película tiene ritmo, una buena interpretación y sostiene el interés del espectador hasta el final. Presenta los sencillos personajes del pueblo y el papel que desempeñaban en aquellos momentos las fuerzas vivas, como el diputado provincial, el juez, el párroco, el médico, …Vamos viendo cómo alrededor de los acusados se va tejiendo una trama urdida por los intereses personales del poder local que los lleva a un aislamiento total, incluso de su propia familia, que hace –junto a las torturas sin fin a que se ven sometidos en una situación de ausencia de derechos- que se declaren culpables de un hecho que no han cometido.
Condenados, van a prisión, y sólo una curiosa casualidad hace que se ponga de manifiesto su inocencia, vencidos los obstáculos que ponen los que les incriminaron, y que, lógicamente, conservan el poder.
La escena final es de una intensa emoción y es de esas que no se olvidan fácilmente. Las palabras que aparecen al final de la película hacen un recuento de la historia y certifican lo de siempre: los culpables no recibirán su justo castigo; ya entonces la justicia era lenta.
Pero es interesante lo que rodeó el estreno de la película. Rodada en 1979, se quiso estrenar en 1980, mas la censura entendió que el relato fiel de los hechos acaecidos representaba un ataque a la Benemérita. Los acusados fueron torturados, en efecto, pero hubo un guardia civil que pedía al preso que gritara desgarradoramente mientras descargaba los zurriagazos  contra una mesa o una pared; así engañaba a su superior, sin exponerse a ser descubierto por éste. Al parecer este detalle no pareció suficiente a la censura que temía que el público obtuviera una mala imagen de los guardias. ¡Cómo si el público español de aquellos años no conociera a la Guardia Civil franquista!
Finalmente, Pilar Miró vio estrenada su película en el año 1981 obteniendo un enorme éxito de público. Película muy recomendable, no desperdicien la ocasión si pueden verla.

jueves, 21 de septiembre de 2017

¿Va esto de oenegés?

Este artículo se ha publicado en el número de agosto-septiembre en la revista OP Machinery




¿VA ESTO DE OENEGÉS?


En algún sitio habrá una clasificación exhaustiva que albergue a todas las ONG´s existentes, bien por orden alfabético, por orden de aparición en escena, dependiendo del objeto – ¿se dirá en este caso, social o será asistencial, colaborativo, reparador?- , por el tamaño, o por el número de empleados, etcétera. Algunas dependen de organismos internacionales, como Acnur, que depende de Naciones Unidas; otras son movimientos transnacionales como la Cruz Roja o la Media Luna; muchas responden a la iniciativa individual de una persona o un grupo de personas; las hay que se ocupan de los humanos, o específicamente de hombres, o de mujeres, o de niños o de ancianos, en tanto algunas se fijan en la situación de ciertos animales o vegetales; unas miran al medio ambiente, a la ecología …lo dicho la enumeración de sus objetivos puede ser tan extensa como se les ocurra a ustedes.
¿Quién no conoce a una docena de ellas? ¿Quién no conoce a algún allegado, amigo o conocido, que participe, más o menos activamente, en alguna ONG? ¿Quién no ha contribuido con una dádiva en alguna ocasión, o paga puntualmente una contribución a través de una cuenta bancaria, o ha pensado seriamente hacerlo, pero la falta de tiempo se lo ha impedido?
¿Quién no se ha encontrado, al menos una vez al día, en las calles o en las plazas más concurridas, con postulantes que efectúan su labor? ¿Quién no se ha parado unos minutos a escuchar la correspondiente explicación, recoger los impresos que te dan y luego arrojarlos en la siguiente papelera, cuando ya no te vean? ¿Quién no se ha cambiado de acera al verlos? ¿O adoptar un aire despistado, y con gran maestría ganarles la espalda en un dribling que ni el mejor delantero de la selección de fútbol? ¿O mascullar entre dientes el consabido perdona pero voy con mucha prisa, si la jugada no ha dado resultado?
Pero es seguro que todos reconocemos el enorme mérito que tienen estas personas, siempre dispuestas a entregar su esfuerzo y su tiempo por una causa, sin duda, loable y justa. Y es que este mundo que nos está tocando vivir es tremendamente productivo a la hora de expulsar a gentes de su país, de sus casas, de sus trabajos, de sus ambientes naturales, para dejarlos, como restos de un naufragio, en una orilla sucia y abandonada …este mundo que no se limita en sus fechorías a las personas, sino que también se porta de cualquier manera con la fauna y la flora, con el propio soporte físico, como si hubiera otro de repuesto, como si tuviera arreglo …
Por eso es por lo que existen tantas ONG´s. Tantas y tan grandes que algunas son grandes empleadoras de mano de obra. Se dice que Oxfam es uno de los mayores empleadores del Reino Unido, qué vamos a decir de la Cruz Roja, o de Médicos sin fronteras. Y como empleadores, han de tener sus propias estrategias de gestión, han de destinar una parte de sus ingresos a pagar a sus empleados, sus alquileres, sus gastos de organización y funcionamiento, también sus campañas de colecta de fondos. Y en eso se compite con otras ONG´s que han de hacer lo mismo, todas necesitan ingresar dinero para luego repartirlo según su objetivo.
¿Es esto lo correcto, es esto lógico? Desde un punto de vista individual, en cada caso, no hay otra alternativa. Eso o bajar la persiana. Pero la solución –que existe, vaya que si existe- implica dar la batalla en otros ámbitos, mas parece que haya una sensación de derrota, de admitir la situación. Con lo fácil que es preguntarse el porqué de las cosas, por qué el mundo funciona así, por qué este mundo que funciona tan mal produce las mayores fortunas de la historia a la vez que las mayores hambrunas e injusticias. ¿Hay alguien que piense que ambos efectos no son consecuencia, el uno del otro?
Realmente, esto no va de oenegés, sino de justicia social, de Justicia, si se quiere.


lunes, 28 de noviembre de 2016

Evocación


Estas líneas se publicaron en la revista Euroequipos y Obras, en el número de enero de 2009





EVOCACIÓN

                                       
               


                En aquella época no había una tan precisa medición del tiempo. No había televisión, lo que equivale a decir que las noticias duraban más, tenían más vida, y se conocían a través de la radio o los periódicos, los ¨papeles¨, se decía entonces. Los papeles se leían -quien los leía- mayormente los domingos y festivos, y, cosa normal, en los lugares públicos -barberías, bares- donde siempre había ejemplares manoseados y arrugados, de diferentes días. En mi pueblo se hizo famoso un barbero que siempre saludaba al cliente de turno con alguna noticia de primera página. Ante el interés del cliente le decía invariablemente: “léelo, léelo tú mismo”, mientras  él escuchaba atentamente. Sólo al final de sus días se supo que no sabía leer, pero nunca logró averiguarse quién le leía las primeras noticias.

         No recuerdo exactamente en qué día de la semana cayó aquel Primero de Enero, pero es posible que fuera un jueves, por lo que, casi seguro, yo encontrara la noticia en el periódico del viernes, día 2, o del sábado, día 3. También es muy posible que la oyera en el “parte”, como llamábamos a los informativos de radio nacional (la única, vamos) y que escuchábamos en familia con una mezcla de aprensión y desasosiego. Lo cierto es que la noticia me produjo una extraña sensación. No por no esperada, que parecía cosa cantada, sino porque inevitablemente la asocié con unas vivencias tan recientes y, sin embargo, tan distantes, que -lo supe en ese momento- iban camino de convertirse para mí en recuerdos, sólo eso, cosas que ya no formarían parte de mi vida futura, cosas que empezaban a pertenecer a mi pasado, pero que seguirían siendo el día a día de los que hasta entonces habían sido mis únicos amigos.

Porque cuando se tienen doce o trece años, la vida se vive así, día a día. Y así éramos nosotros y así vivíamos. Teníamos montones de cosas que nos unían, por encima de las pocas que en esos momentos podían diferenciarnos, que no separarnos. Montones de cosas en las que había consistido el existir diario para nosotros, que ahora se me antojaban como pertenecientes a otro mundo. Ya no iba a participar más de  ellas, ya no me pertenecían, en tanto que mis amigos seguirían gozándolas, cimentando en ellas su presente y su futuro.

         Era como esa sensación que uno tiene cuando se pasa, en el tren, de noche, frente a casas iluminadas. Es posible imaginar, a veces hasta entrever, en una escena fugaz que es como un fogonazo, a través de las ventanas, la imagen que se desarrolla dentro. Una escena pareja a la que podemos vivir en nuestras propias casas, una familia en la cocina alrededor de la cena, sólo que no es la nuestra, que no nos pertenece, por más que nos podamos identificar con alguno de los bultos que percibamos dentro.

         M, L, y P, es decir, todos mis amigos, todos los niños del pueblo, estarían a esas horas haciendo recuento de canicas, afilando el hinque, cortando una rama para hacer una  espada, preparando el tiragomas para cuando hubiera pájaros, o divididos en dos bandos, enzarzados en una buena “hurria”, a cantazo limpio, desde sendos lados de las vías. Hurria que habría de acabar cuando llegara el próximo tren, y cuyo vencedor sería el que lograra adivinar el nombre –Udalla, Gibaja, Marrón,…- de la vieja máquina, que se acercara resoplando trabajosamente y cubriendo de hollín la caja de la vía. Y en verano, si el tiempo lo permitía, todo el rato en el río: baño, pesca, paseos, pero en el río, todo el tiempo en el río, para desesperación de nuestras madres. Y al final, verano o invierno, la última vuelta donde Manolo el zapatero.

         La zapatería era tanto el punto de reunión como el de despedida. A menudo teníamos algo que reparar y podíamos utilizar las herramientas de Manolo, ya fuera una peonza a la que se le hubiera torcido el clavo, o un hueso de melocotón al que convertir en agudo silbato. Si no, simplemente estar allí, en la ventana, si verano, o dentro, cuando invierno. Esto es lo que yo más apreciaba. Pasar los minutos y aún las horas viendo trabajar a Manolo que sentado en su trípode, presidía su gastada mesa de trabajo de patas bajas. Aquella mesa tenía un sinnúmero de pequeños compartimentos, formados con listones clavados en la misma, destinados a albergar una gran variedad de puntas, clavos, tachuelas, papel de lija de distinto grano, hilos de coser, y en fin, parte de los trebejos que Manolo usaba en su hermoso oficio. Me maravillaba ver como trazaba una plantilla con un lápiz en un trozo de periódico viejo, cómo después, con la cuchilla, con certeros tajos, perfilaba el cuero basto que habría de servir de suela para la bota. Cómo con otras cuchillas cortaba cueros y badanas que adaptaba a la horma y que con diminutos clavos, fijaba aquellos a ésta. Cómo, a veces, tenía que repasar la base de las hormas, con tablillas que sujetaba con clavos, de los cuales se había metido un puñado en la boca. Con qué precisión introducía la lezna para hacer el cosido, tirando del hilo con una mano envuelta en una tira de cuero para no cortarse, mientras sujetaba con los dientes el otro cabo. Cómo tensaba estos cabos, restregándolos contra una vieja badana, sobre su pierna. Cómo iba dejando unas botas y tomando otras de las estanterías, a medida que las hormas iban haciendo su silencioso trabajo. Cómo, en fin, iban adquiriendo vida aquellas magníficas botas de cuero, cuyos encargos recibía Manolo los domingos por la mañana, día de mercado…

         Esto es lo que yo no iba a vivir más, ahora lejos del pueblo, en la capital. Por eso, para mí, la noticia era esperada. Con la misma certeza con que había visto salir botas de aquella zapatería, había asistido, en meses anteriores, al avance de aquellas tropas que luchaban contra unos tipos, a veces regordetes, que se peinaban con fijador y llevaban gafas de sol y bigotitos recortados. Quizás se nos antojaban demasiado parecidos a otros que teníamos más cerca. “Puntada larga y buen tirón, que para un hijoputa son”, solía decir Manolo, guiñándonos un ojo, y yo pensaba, aún sin quererlo, en tipos así. Es posible que para la gente mayor aquello supusiera algún tipo de revancha por lo que había pasado veinte años atrás. Nunca lo supe, allí no había ideología, o si la había, estaba tan tamizada que los niños no lo podíamos percibir. Pero lo cierto es que había una simpatía, se les sentía más cercanos a los barbudos que iban contra los del bigotito, que siempre aparecían con mujeres de hermosos hombros desnudos y faldas de campana de vivos colores.

         Así se comprenderá que cuando supe la noticia, ésta no me sorprendió. Fidel le había ganado a Batista, era lo esperado. Y me acordé de mis amigos, y de la zapatería, y de Manolo, y les vi, como si pasara en un  tren a toda velocidad, comentándolo sonrientes. Yo ya no estaba con ellos, y nuestras vidas habrían de seguir rumbos diferentes. Y cada vida habría de dar también un fruto diferente. Ahora, en el momento en que se cumplen cuarenta años de aquellos acontecimientos, lo único que veo con claridad es que no había otro camino que el que se anduvo, ni las cosas pudieron suceder de otro modo. ¿Cómo podemos juzgar el devenir de la historia? ¿Acaso se han cumplido las expectativas que crearon nuestras propias vidas? Sea como fuere, igual que una madre observa con benevolencia los desvaríos de un hijo, algunos de los que entonces éramos niños siempre sentiremos algo por aquellos barbudos que fueron cosiendo su isla con su sangre y su sudor, así como Manolo cosía suela y cuero con su aguja.

Hurria: en Cantabria, duelo a pedradas entre niños, generalmente incruento.


José María Pozas, enero de 1999.