miércoles, 1 de abril de 2026

Begoña y Duluth

 





Aquella mujer, ya metida en años, pero con un andar decidido –me enteré de que era irlandesa, cuando se armó el jaleo– llegó al mostrador de embarque, puso la maleta sobre la cinta y se encaró con el funcionario, entregándole su pasaporte y el billete; es decir, lo que hace todo el mundo. Pero algo debió decirle el funcionario que a ella no le gustó. Se negó a bajar su maleta de la cinta y se enzarzaron en una discusión que mi inglés no conseguía entender del todo. Al poco, el empleado habló por su teléfono, y enseguida vinieron dos policías, hombre y mujer. Ella la agarró por el brazo sin cruzar palabra ni mirarla, su compañero cargó con la maleta y con la otra mano recogió el pasaporte y los papeles y los tres desaparecieron por donde los policías habían venido.

Se produjo un silencio sepulcral en nuestra fila y en las adyacentes, nadie sabía qué hacer. Todo el mundo tenía cara de circunstancias, y el que iba tras ella preguntó al funcionario qué había pasado. Este le contestó: "No es de su incumbencia, señor, pero dígame si se ha separado de sus maletas; si no lo ha hecho, deme su billete si quiere volar; esa señora ya no necesita el suyo, se lo digo por si quiere usted su asiento, que es de ventana. Y ya que es usted tan curioso, esa señora ya no volará en las próximas semanas, tiene mucho que declarar, la policía fiscal ha encontrado una nota en su expediente que dice que tiene cosas que arreglar con la autoridad. Les cuento esto para que sepan todos ustedes –mirando hacia los que nos habíamos acercado– que no se puede engañar a la policía federal, esa señora tenía una deuda impagada, y tarde o temprano, el delincuente acaba por caer. Uno preguntó: ¿Cuánto debía la señora? Unos 100 dólares, contestó el otro, una deuda vieja de la que se solía fanfarronear. Pero, ¿cuánto de vieja? Insistió otro. No se lo va a creer, pero esa deuda viene de hace unos treinta años, la señora es irlandesa, vino a nuestro país para casarse con otro irlandés, y debió pensar que América era como su país. Aquí no se puede engañar a la Administración, ya lo ven ustedes. Bien, continuamos el embarque.

Este tipo de cosas sucede a veces en los embarques en líneas aéreas americanas: que si lleva usted bien controlado su equipaje, que de dónde viene o dónde ha estado últimamente, cosas así. A mí me han preguntado varias veces por qué he viajado a Marruecos o a países del este, como constaba en mi pasaporte; en fin, cosas que no me preguntaron en esos lugares por haber viajado a USA. Recuerdo que este pequeño incidente de la irlandesa sucedió en el embarque hacia Duluth, el mayor puerto mercante del lago Superior, frontera natural entre USA y Canadá, segunda ciudad del estado de Minnesota, que se comunica, a través de la red de canales y lagos y tras navegar unas 2.400 millas, llega al océano Atlántico por el San Lorenzo.

Y todo esto viene a cuenta de lo siguiente: En una de las múltiples cenas que celebramos, en casa o fuera, entre Begoña y Juanjo, y nosotros dos, en el verano pasado, Begoña nos comentó que iba a ir, con unas amigas suyas de turismo a Nueva York. Influenciado por el personaje que estaba el año pasado, y que sigue gobernando ese gran país americano, traté de explicarle que Estados Unidos ya no era el país acogedor que un turista europeo espera. Y seguramente me pasé, cosa que entre amigos a veces ocurre. Y hace unas semanas cuando Begoña leyó mi escrito sobre el susodicho presidente, le prometí que escribiría unas líneas en las que saldría ella. Helas aquí.

Un abrazo, Begoña.          

 












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