Aquella mujer, ya metida en años, pero con un andar
decidido –me enteré de que era irlandesa, cuando se armó el jaleo– llegó al
mostrador de embarque, puso la maleta sobre la cinta y se encaró con el
funcionario, entregándole su pasaporte y el billete; es decir, lo que hace todo
el mundo. Pero algo debió decirle el funcionario que a ella no le gustó. Se
negó a bajar su maleta de la cinta y se enzarzaron en una discusión que mi
inglés no conseguía entender del todo. Al poco, el empleado habló por su
teléfono, y enseguida vinieron dos policías, hombre y mujer. Ella la agarró por
el brazo sin cruzar palabra ni mirarla, su compañero cargó con la maleta y con
la otra mano recogió el pasaporte y los papeles y los tres desaparecieron por
donde los policías habían venido.
Se produjo un silencio sepulcral en nuestra fila y en las
adyacentes, nadie sabía qué hacer. Todo el mundo tenía cara de circunstancias,
y el que iba tras ella preguntó al funcionario qué había pasado. Este le contestó:
"No es de su incumbencia, señor, pero dígame si se ha separado de sus maletas;
si no lo ha hecho, deme su billete si quiere volar; esa señora ya no necesita
el suyo, se lo digo por si quiere usted su asiento, que es de ventana. Y ya que
es usted tan curioso, esa señora ya no volará en las próximas semanas, tiene
mucho que declarar, la policía fiscal ha encontrado una nota en su expediente
que dice que tiene cosas que arreglar con la autoridad. Les cuento esto para que
sepan todos ustedes –mirando hacia los que nos habíamos acercado– que no se
puede engañar a la policía federal, esa señora tenía una deuda impagada, y
tarde o temprano, el delincuente acaba por caer. Uno preguntó: ¿Cuánto debía la
señora? Unos 100 dólares, contestó el otro, una deuda vieja de la que se solía
fanfarronear. Pero, ¿cuánto de vieja? Insistió otro. No se lo va a creer, pero
esa deuda viene de hace unos treinta años, la señora es irlandesa, vino a
nuestro país para casarse con otro irlandés, y debió pensar que América era
como su país. Aquí no se puede engañar a la Administración, ya lo ven ustedes.
Bien, continuamos el embarque.
Este tipo de cosas sucede a veces en los embarques en
líneas aéreas americanas: que si lleva usted bien controlado su equipaje, que
de dónde viene o dónde ha estado últimamente, cosas así. A mí me han preguntado
varias veces por qué he viajado a Marruecos o a países del este, como constaba en
mi pasaporte; en fin, cosas que no me preguntaron en esos lugares por haber
viajado a USA. Recuerdo que este pequeño incidente de la irlandesa sucedió en
el embarque hacia Duluth, el mayor puerto mercante del lago Superior, frontera natural
entre USA y Canadá, segunda ciudad del estado de Minnesota, que se comunica, a
través de la red de canales y lagos y tras navegar unas 2.400 millas, llega al océano Atlántico por el San Lorenzo.
Y todo esto viene a cuenta de lo siguiente: En una de las
múltiples cenas que celebramos, en casa o fuera, entre Begoña y Juanjo, y nosotros
dos, en el verano pasado, Begoña nos comentó que iba a ir, con unas amigas
suyas de turismo a Nueva York. Influenciado por el personaje que estaba el año pasado, y que sigue gobernando ese gran país americano, traté de explicarle que Estados
Unidos ya no era el país acogedor que un turista europeo espera. Y seguramente me pasé, cosa que entre amigos a veces ocurre. Y hace unas semanas cuando
Begoña leyó mi escrito sobre el susodicho presidente, le prometí que escribiría
unas líneas en las que saldría ella. Helas aquí.
Un abrazo, Begoña.
Muy bueno José María, un placer
ResponderEliminar-María
Seas quien seas, María, te agradezco tu comentario.
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