Hoy hemos estado, mi mujer y yo, en la manifestación contra la reforma laboral; apenas unos cientos de personas en una gran ciudad de servicios, en una provincia de setecientos mil habitantes con gran desarrollo industrial. Claro, la manifestación la convocaban los sindicatos españoles, ¡cómo va usted a comparar! Y después, en el telediario, me he enterado de que los que hemos ocupado la calle en esta España de mis entretelas somos unos indignos, pues lo hemos hecho en coincidencia con el aniversario de los atentados del once de marzo de 2004. Por lo visto, a la misma hora, el ministro de justicia y la alcaldesa de Madrid honraban aquél recuerdo; nosotros, los de siempre, los que no amamos a la patria, nos asoleábamos en la calle.
He dicho los de siempre, pues me he acordado de las manifestaciones ante los grises, contra la dictadura, o ante la indiferencia general, contra el terrorismo de ETA, de las concentraciones con ocasión de los atentados.
Pero ha habido algo que me ha llamado mucho la atención: entre los asistentes, prácticamente nadie por debajo de los cuarenta años. Muchos jubilados a los cuales poco nos afecta ya la reforma laboral como no sea en nuestros hijos o nietos, que no es mi caso. Pero como digo, los jóvenes, nada de nada. Deben de pensar que no es asunto de su incumbencia o estaban en otra cosa, quizás surfeando en la playa. O piensan que lo de la política y los sindicatos es cosa ya pasada, que no es asunto de nuestros días, o que los derechos de que hasta ahora gozan como ciudadanos o trabajadores se han conseguido cogiéndolos de algún árbol, como fruta madura, o que como siempre han tenido de todo eso también lo seguirán teniendo, que no tendrán que luchar por ello.
Pero, bien pensado, quizás sea cierto, quizás seamos indignos y no nos merezcamos ese estado del bienestar de que hasta ahora hemos gozado.