Así
es, veintiún carros. Ni más ni menos. Ni siquiera ha importado el valor de lo
que contenían, que, perteneciendo al epígrafe de bienes de primera necesidad,
no parece que fuera muy alto.
Este
simple hecho de salir de un par de supermercados con veintiún carros cargados
de comida y sacarlos gratis para repartirlos entre gente necesitada ha hecho
correr ríos de tinta y, sobre todo, ha retratado unas cuántas cosas. A saber:
Ha
hecho aún más popular al conocido alcalde de Marinaleda, a quien unos califican
de sensible personaje de la izquierda, otros como la perfecta conjugación de
los principios teóricos y de la praxis política y otros –en fin- como un
oportunista.
Ha
puesto de manifiesto la necesidad que hay en este país, acrecentada por la
crisis y la falta de perspectivas.
Y
ha retratado al ministro español del interior. Le faltaron veintiún segundos
para salir en defensa del sacrosanto principio de la propiedad y emitir un
mandamiento judicial contra el alcalde Gordillo, mandamiento que, dicho sea de
paso, adolece de no sé qué triquiñuelas legales. Esto dejó muy satisfechas a
las personas de orden y justicia y muy pocos, entre todo el espectro político
–todo hay que decirlo- echaron en falta semejante velocidad de respuesta oficial
ante robos mucho más importantes y descarados como los de la trama Gürtel,
Urdangarín, Camps o Matas, o el mismo caso de Bankia o los preferentes.
Pero
claro, estos otros casos no eran veintiún carros, ni eran braceros andaluces. Son
la flor y la nata de esta sociedad hipócrita. Y tienen quienes les defiendan.