Desaparecido
el dictador, a los pocos años, hubo gente, luchadores y activistas políticos,
que no supieron adaptarse a la nueva situación democrática o pre-democrática.
La escena política había cambiado, eran otras las reglas de juego y algunos no
se encontraban a gusto. Ya no había a quién culpar, eran tiempos de construir,
de dialogar; en suma, contra Franco se
vivía mejor.
Hasta
hace un par de años –aunque parezca que ha pasado un siglo- aspirábamos a que
los de las pistolas y las bombas dejaran su locura asesina. No queríamos más
muertos, más sufrimiento. Pedíamos que abandonaran su camino y emprendieran el
nuestro. ¡Todas las ideas se pueden defender con la palabra, pacíficamente! ¡No
más muertos! Que se presenten a las elecciones, que vayan al Congreso y que se
sometan al juego democrático. Eso pedíamos. Pronto se vio, cuando entraron en
ese juego, que para algunos eso ya no era suficiente. Llegó el alto el fuego y
esos mismos vieron ahí una trampa Y siguen viéndola.
Yo
tengo por Urkullu la misma simpatía que por Pons, Rajoy o el ministro del
interior. Es decir, ninguna. Pero por Urkullu tengo respeto y me parece muy
bien que haya acompañado a los mediadores a Madrid, que no les haya dejado
solos en ese trance que algunos han orquestado para satisfacer a la galería.
Por cierto, lo mismo que han hecho los otros con lo de las cuatro pistolas:
satisfacer a su galería.
Ignoro
si éste será un alto el fuego definitivo, ojalá que lo sea. Y que nadie ponga
palos en las ruedas para que fracase. Pero me parece que, igual que pasó cuando
lo de Franco, ahora hay algunos que tampoco se acostumbran. Que sienten que contra ETA se vivía mejor.