martes, 11 de julio de 2017

El nuevo turismo

Este artículo se ha publicado en el número de junio-julio de la revista OP Machinery.





EL NUEVO TURISMO

Desde el romanticismo, el interés por conocer otros lugares no ha hecho sino crecer. Se ha expandido a todas las clases sociales, se ha hecho más y más popular, y con el auge de los vuelos y cruceros low cost, hoy es un fenómeno de masas.
Se ha convertido en una industria muy importante que, en determinados países, como el nuestro, responde de una parte sustancial del PIB, empleando mucha mano de obra, y exigiendo la construcción de hoteles, lugares de esparcimiento, y en definitiva, animando la economía.
Todo el mundo conoce que, con los problemas de seguridad que sufren destinos turísticos tradicionales que suponían una competencia creciente para el turismo español, el turismo mediterráneo de ambas orillas tiende a concentrarse en España, lo cual explica el enorme crecimiento que el sector turístico español está experimentando.
En los últimos años, ha entrado en liza una nueva modalidad. Aprovechando las herramientas informáticas, una empresa cuyo nombre es Airbnb (acrónimo inglés de las palabras cama-colchón de aire y desayuno) ha tomado un impulso extraordinario. El procedimiento es sencillo: se crea un portal en el que se anuncia el alquiler en diferentes ciudades del planeta de pisos de diferentes tamaños, e incluso de habitaciones sobrantes; de un lado  el (o los) propietarios de esos pisos pagan por alojarse en dicho portal; del otro lado, quien quiere visitar ese destino, escoge lo que más le conviene, aprovecha (si quiere) los vuelos que terceras compañías aéreas ofrecen en buenas condiciones de precio, y se planta en el destino para una estancia de unas pocas noches o unas pocas semanas. Al llegar, confirma que todo está tal y como lo pudo ver a través de su ordenador y se aloja. Vamos, como si llegara a un hotel o una pensión.
El negocio parece correcto, de ese tipo de negocios en el que todos ganan. Gana la compañía que reside en California, pues cobra también un porcentaje del precio del alojamiento (en torno al 40%); gana el propietario de la vivienda, que tiene la posibilidad de aumentar la rotación de su negocio; ganan esas compañías aéreas que hacen el transporte; gana el sector hostelero local que ve incrementada la cifra de sus clientes, y “gana” el viajero que satisface su deseo de conocimiento del lugar.
Los juegos en los que todos ganan son, más bien, escasos, y éste no iba a ser una excepción. ¿Quién pierde? Pues pierde el fisco americano, ya que sabemos que estas compañías de Silicon Valley, sólo repatrían una pequeña parte de sus ingresos, manteniendo el bocado grande en paraísos fiscales; pierde la hacienda española que debe acondicionar y mantener aeropuertos para que los utilicen compañías que no cotizan en España y que suponen ya casi el 50% de los viajeros que despegan y aterrizan en nuestro país y sigue perdiendo la hacienda española porque la inmensa mayoría de esa actividad no se declara. No se declaran los ingresos, no se declaran los pagos que se hacen a las kellys que se dedican a limpiar los apartamentos y dejarlos en condiciones para el siguiente uso, y que son contratadas en las condiciones de precariedad y bajos -¿los llamamos salarios?- que podemos imaginar. Además, el sector que aumenta sus ingresos, el de la hostelería principalmente, no se distingue especialmente por su cumplimiento fiscal.
¿Entonces? ¿Cuál es la ventaja de contar -imaginemos la ciudad de cada uno- con esta actividad económica? Esto puede contestarse a través de varias preguntas, por ejemplo: ¿Conocemos qué ha pasado en la ciudad turística por excelencia, Venecia, y qué piensan sus ciudadanos? ¿Hemos oído hablar de la gentrificación? ¿Sabemos cómo han subido los alquileres en los centros de las ciudades turísticas, expulsando de los barrios elegidos a los vecinos de toda la vida?