miércoles, 6 de abril de 2022

De cerdos y puercos

Este artículo ha sido publicado en la revista OP Machinery en su número de marzo pasado.



Siempre hemos sabido que del cerdo se aprovecha todo, aunque en ese todo no se incluyera el riñón ni, más recientemente, el corazón, órganos ambos que han sido trasplantados a humanos; xenotrasplantados, para decirlo con más propiedad, ya que provienen de otros seres vivos distintos a nosotros. Es de imaginar que los cerdos de los que se han extraído esos órganos habrán sido criados con mimo, debidamente alimentados y sometidos a toda clase de cuidados. Hasta podemos pensar – si los cerdos tienen dos riñones- que el que ha “donado” uno seguirá viviendo con el otro y llegará, como premio, al final de sus días enfangándose a su gusto en una cochiquera con aire acondicionado. O no, quizás le hayan extirpado el otro riñón y lo tienen guardado en las debidas condiciones por si se presenta la ocasión de ponérselo a otro humano que no sea musulmán ni testigo de Jehová. Pero en este caso el cerdo en cuestión habrá muerto, al igual que el que perdió su corazón, y lo que no sabemos es si esos restos se habrán vendido para el consumo humano y han llegado a la charcutería de la esquina o se habrán triturado y esa harina se habrá mezclado con la de cientos de congéneres para servir de alimento a otros animales estabulados.


Bien, disculpen ustedes, amigos míos, por esta licencia; la verdad es otra, el cerdo cuyo corazón ha sido trasplantado pertenecía a una camada que no era la primera en criarse en unas condiciones, digamos especiales. Los ensayos en genética y en clonación – recuerden el artículo Embriones, clonaciones y futuro publicado en esta misma revista en su número de mayo de 2021- han progresado como cabía pensar que lo hicieran. De aquella clonación que dio como resultado la oveja Dolly (1996-2003) surgieron diferentes intentos. Uno de ellos se convirtió en una empresa norteamericana que ha tratado a varias generaciones de cerdos para producir defensas que bloqueen el rechazo que un trasplante en humanos pueda generar. Esto se ha conseguido insertando genes humanos en los cerdos para facilitar así la aceptación de esos tejidos en las personas. Y por supuesto, se ha controlado el crecimiento de su corazón para que quepa en un pecho humano. Lo mismo cabe decir del riñón que también fue trasplantado a una mujer. Hemos dicho que esto lo hizo una empresa privada. ¿Qué cabe preguntarse de una empresa desde el punto de vista comercial? Pues simplemente que empiece por elaborar un catálogo de estos sus productos y ponga precio a cada uno de ellos. Habrá quien piense que eso no debiera tener un tratamiento comercial, que por el contrario debiera ser una institución pública la que se encargara de este “tráfico comercial”, en tanto los defensores a ultranza del libre mercado lo verán normal y correcto; ya saben, el que pueda pagárselo que se aproveche. Así que estamos ante una cuestión que tiene que ver con la ética. Un paso más: ¿Por qué no permitirlo y tratar de controlar que esa empresa solo utilice órganos de origen animal y no de origen humano, por ejemplo niños del tercer o cuarto mundo? ¿O decididamente, todo lo que se haga en ese campo debe pertenecer al ámbito de lo público?


Obviamente, yo me quedo con esta última opción y preferiría que estas cuestiones quedaran en la esfera de la sanidad pública, pero además me gustaría que esos cerdos que ayudan a vivir a humanos fueran los primeros de un listado con fotografía, fecha, lugar de nacimiento y nombre, para que generaciones venideras, musulmanes y testigos de Jehová incluidos, conozcan su destino y el servicio prestado. Por mucho menos, miles de puercos, de los de dos patas, se exponen, en piedra o bronce, en plazas, parques y jardines.


Si han llegado hasta aquí, conviene que lean estas tres líneas: el paciente, con una enfermedad cardíaca terminal, del que hemos hablado y que fue operado el 7 de enero, murió el pasado 8 de marzo. Él conocía los riesgos a los que se enfrentaba y a pesar de ello decidió someterse a la intervención. Los pacientes registrados esperando un trasplante de órganos son unos 106,000 en USA, y de ellos 17 mueren cada día en la espera.