martes, 27 de octubre de 2020

Contaminación acústica (3)

 Este texto ha aparecido en el número de octubre de la revista OPMachinery.


Continuando con esta cuestión del, a todas luces, excesivo ruido, es preciso recordar que si bien, como decíamos en el anterior comentario, hay reglamentaciones que tratan de controlar y reducir su emisión, las hay también que consienten su emisión hasta límites indudablemente insoportables y dañinos.


La documentación técnica que identifica cualquier modelo de motocicleta, turismo o camión señala múltiples detalles, entre ellos su emisión sonora, y si un agente de la autoridad de tráfico la inspeccionara para ver si algo ha sido modificado, seguramente lo encontrará todo en regla. El Ministerio de Industria habrá aprobado ese nivel sonoro presionado por el fabricante, que quiere fabricar lo que el mercado pide; es decir, ruido a tope. Esas motos que hacen un ruido similar a las de carreras han de producir a su dueño una satisfacción especial. Como a ese propietario de un coche americano de época con tropecientos caballos relinchando todos al unísono. ¿Qué sentirán esos individuos al notar que todas las miradas se vuelven hacia ellos? ¿Es posible que pueda existir gente tan estúpida?


Así que el gobierno debiera estar pensando en autorizar solamente las carreras de motos y coches equipados con motores eléctricos, totalmente silenciosos y no contaminantes. Y que se valorara la pericia de sus pilotos para consumir cada vez menos combustible, que todos los vehículos participantes llevaran la misma carga en sus baterías. Cosas así. Además de fijar un plazo máximo de cinco años para que todos los vehículos públicos, que circulen solo en ciudad, sean taxis, autobuses, ambulancias, camionetas de reparto o camiones de la basura, y en general todos los artilugios rodantes urbanos sean exclusivamente eléctricos. Esto llevaría a los fabricantes – al ser este mercado tan amplio e importante- a apresurarse en su carrera por los medios de transporte silenciosos y no contaminantes.


Y aprovechando que la lucha contra la pandemia está limitando los horarios del llamado ocio nocturno, cuando salgamos de ésta, habría que seguir con una limitación, digamos, hasta las diez de la noche, pero con un cierre total y absoluto a las doce. Y si se han de respetar los after hours habría que habilitarlos fuera de los núcleos urbanos, en parajes donde no hubiera habitantes a diez kilómetros a la redonda. No molestarían a nadie y los taxis tendrían un mercado asegurado.


El colmo es que los trenes interurbanos terminen sus servicios hacia la medianoche, y se hayan instaurado otros servicios nocturnos para que la muchachada puede volver a casa en un medio público después de una noche de farra. A la gente que aborda estos trenes en el centro de las ciudades para volver a sus barrios de residencia, es imposible – y normalmente muy poco aconsejable- pedirles que bajen el nivel de sus gritos y cánticos; ellos vuelven seguros a sus casas en tanto los vecinos de las estaciones han de soportar esos ruidos de madrugada. Sencillamente, no tiene sentido, se mire por donde se mire.


En un comentario anterior hablábamos de las ruidosas plazas durante las fiestas patronales. Esto pudo tener una explicación en los tiempos en que la gente no salía de sus pueblos y había que proporcionarle (ya saben, pan y toros) un poco de diversión. Pero ¿qué sentido puede tener hoy en día en las ciudades actuales, mantener fiestas patronales con verbena incluida en los barrios, por el hecho de que tengan la advocación de un santo o simplemente porque siempre se han realizado? ¿Alguien me puede explicar la razón de que exista la figura de un concejal de festejos? Por no hablar de los fuegos artificiales, que en el 99% de los casos son repetitivos, aburridos y, sobre todo, molestos.


Y para terminar, en las ciudades nos encontramos cada vez más frente a una nueva fuente de molestias, como los pisos que se alquilan a estudiantes o a los inmigrantes. Sus ruidos se deben a la poca educación, nunca al hecho de la juventud de unos o a la diferencia cultural de los otros.


martes, 20 de octubre de 2020

Angus Burger


 

Obtuve la foto que ilustra esta entrada de hoy en el comedero de la zona de servicio de la autopista del Ebro, sita en Tudela (Navarra). Me llamó la atención el hecho de que la carne de una hamburguesa fuera Angus. Y más aún que se ofreciera a un precio tan bajo, en torno a los 5,5 euros por una hamburguesa de 220 gramos, lo cual llevaría a un precio de 25 euros en total por el kilo de la carne, más el tomate, el queso ahumado, las patatas, el pan y la preparación. Digo tan bajo porque la carne lleva la apelación de Angus de Nebraska, aunque en la parte superior diga solamente Carne de Nebraska, que no es lo mismo. Veamos lo que esto puede significar:

La raza vacuna conocida como angus es muy apreciada entre los amantes de la carne, como lo son también las carnes de vacas Hereford, o las llamadas limousinas o las charolesas; esto, internacionalmente: en España tendríamos que hablar de otras razas, más o menos igual de buenas pero sin tanto pedigrí. Esta angus procede de la zona de Aberdeen, Escocia, donde tuvieron la vista de mantener la genealogía correspondiente. Gracias a esto, sabemos que dos novillas y un semental fueron enviados a Estados Unidos en 1878, y admitamos que dejaron su progenie en Nebraska. Igualmente, países donde hay una vasta descendencia de este ganado son Argentina y Uruguay. De modo que los vocablos Nebraska y angus comenzaron a conjugarse juntos. Pero hay que saber también que a su vez Angus es el nombre de una especie de asentamiento que fue fundado hacia 1867, pues cien años después, en 1967, para celebrar el centenario de dicho asentamiento, se construyó una casita de argamasa, de la cual en 2006 quedaban de pie un trozo de pared y una ventana. Aquél asentamiento debía su nombre a un tal J.B. Angus, del que sabemos que era ferroviario. Así que ya ven ustedes, si no hay un certificado por medio – ya saben, de Denominación de Origen Controlada-, de cualquier trozo de carne puede decirse que viene de Angus, Nebraska, o de la dehesa más cercana al sitio de residencia de ustedes, amigos míos, lo cual no quita para que pueda ser una buena carne, e incluso excelente. Por decirlo de otra manera, ni toda la carne angus procede de Nebraska, ni toda la carne angus está certificada.

Hace ya unos treinta años, la cadena Burger King comenzó a ofrecer esa carne en sus hamburguesas, lo llamó Angus Burger, y al poco fue seguida por McDonald´s. No podemos poner en duda que esas compañías (y las demás) nos vayan a dar gato por liebre. Ahora bien, no me parece aconsejable consumir carne picada si no se tiene una fe ciega en el carnicero, así que sin conocerle… Y por otro lado, ¿ustedes harían picadillo de un solomillo de una buena carne de vaca criada en España? Pues eso. Seguir a ciegas los hábitos alimenticios de países menos desarrollados que el nuestro en esa materia me parece de lo más estúpido. Coman ese solomillo o ese entrecot bien asado, y no abusen nunca de la carne, aunque sea buena. Y si les gusta el queso, aprovechen la infinita variedad de los elaborados en nuestro país. Y no lo mezclen con la carne; saboreénlo por separado.

























martes, 13 de octubre de 2020

El Hermano Francisco

 


La Iglesia no deja de ser fuente de noticias. Si hablamos de la sección española de esa Internacional con vocación eterna, normalmente nos encontraremos con noticias poco edificantes. En cambio las que vienen de la sede central, tienden en los últimos ocho años, para ser precisos, a ser esperanzadoras.

Fue en 1891 cuando el Papa León XIII publicó su encíclica De rerum novarum (Sobre las cosas nuevas, literalmente) en la que hablaba de la nueva situación social que el incipiente sistema capitalista originaba. Cierto es que lo que refleDickens en sus novelas, por poner un ejemplo, o las ideas de los llamados socialistas utópicos, y en general los movimientos obreros con sus organizaciones sindicales, contaban ya con decenios de existencia; Karl Marx, el mayor estudioso de aquél capitalismo, había publicado su obra fundamental, titulada precisamente El Capital, en 1867. Quizás por todas estas cosas, resumidas en el auge que venía tomando el movimiento obrero y las repercusiones que pudiera acarrear a su propia organización eclesial, fueran la razón de tal encíclica. De todas maneras pudo significar una sensibilidad nueva para la época. También hay quien dice que motivó la creación de los partidos de base cristiano demócrata; bueno será notar que en España nunca ha habido un partido demócrata cristiano como tal. Por algo será.

En el otro lado del tablero político social, la Primera Internacional fue creada en 1864 y tras diversas peripecias que no vienen al caso, se refundó en 1889 como Segunda Internacional, siendo ya básicamente socialista. Estableció el 1º de mayo como día del trabajo y el 8 de marzo como el de la mujer trabajadora. Continuó hasta 1916, y tras la revolución rusa se separaron los partidos comunistas dando lugar a la Tercera Internacional que duró hasta la segunda guerra mundial. Supuestamente, la Segunda continúa siendo la de los partidos socialdemócratas.

Pues bien, si observamos el devenir de ambos bloques ideológicos, el de derechas y el de izquierdas, veremos que ninguno ha sido capaz de cabalgar la fiera. La democracia cristiana porque salvo casos concretos, como los llamados “curas obreros”, o el apoyo que sectores eclesiales han prestado al movimiento cooperativo que, no lo olvidemos, pone la dignidad del trabajador en primer lugar y no la mera propiedad de los medios de producción, poca cosa ha hecho; no en vano, ya declara que su objetivo no es de este mundo, y antes bien, se ha sentido cómoda con la evolución que ha tenido el sistema económico y la distribución de la riqueza. La izquierda, porque la mayoría de los partidos socialdemócratas han jugado la misma partida que sus adversarios, y los más escorados a la izquierda, a pesar del secular enfrentamiento directo contra el capital, no han cosechado sino fracaso sobre fracaso: tal ha sido la fuerza del adversario.

En los tiempos actuales, las políticas de Margaret Thatcher, la caída del muro de Berlín que descubrió la desnudez que había dentro, y, sobre todo, la desregulación económica propagando la financiarización de la economía globalizada, han alumbrado una nueva realidad, alejada de la anterior, en la que la contención salarial y la extrema desigualdad han dibujado un nuevo capitalismo cuyo poder no tiene parangón con nada de lo históricamente visto. Nada ni nadie resiste el empuje de este nuevo capitalismo cuyo poder sobrepasa el de los Estados, y ni tiene una sede social que pudiera ser asaltada por hordas de luchadores famélicos, ni banco en el que estén depositados sus fondos. Nada ni nadie puede soñar con acabar con su poder, los Estados están intervenidos y sometidos y no hacen otra cosa que facilitar ese crecimiento a costa de los ciudadanos, que ni siquiera tienen consciencia de lo que les ocurre. Los avances tecnológicos, de los que ese poder omnímodo se ha apropiado sagazmente, constituyen su línea de defensa, en tanto la ciudadanía se conforma con el consumismo desaforado y los juegos que las redes sociales – también en su poder, claro- proporcionan.

En esta tesitura, el Hermano Francisco, que oficia de Papa, ha publicado una encíclica que indaga en esta nueva sociedad, y aunque este Papa se merece un respeto, me parece lícito que nos preguntemos si no responderá a una motivación como la de León XIII. Es decir, obedece a un genuino interés por la sociedad, o responde a una especie de autodefensa como aquella. Su publicación ha pasado totalmente desapercibida, silenciada en los medios que, como mucho, le han dedicado unas líneas.

Me hubiera gustado asistir a la mesa de redacción del diario ABC (católico a machamartillo), mientras se discutía – si es que se discuten esas cosas- qué espacio darle a la noticia. ¿Ustedes qué creen?




martes, 6 de octubre de 2020

Contaminación acústica (2)

 Este artículo ha aparecido en el número de Agosto-Septiembre del presente año en la revista OPMachinery. 


Hace ya unos meses hablábamos en estas líneas de la contaminación acústica en algunos de sus múltiples aspectos; hoy vamos a tratar otras variaciones, en un ejercicio que, sospecho, tendrá continuación. Porque el hacer ruido parece haberse convertido en un deporte nacional. Siempre me ha llamado la atención la exigencia, más que justificada, de medidas de protección en según qué tipos de trabajo: estar ocho horas diarias soportando el ruido de múltiples máquinas en una nave industrial no está, literalmente, pagado. Se paga por producir unas determinadas piezas, o vigilar y alimentar unas máquinas mientras se controla la calidad de lo producido, por ejemplo. Pero no se paga por hacer esas tareas u otras similares en unas condiciones de altísimas o muy bajas temperaturas; o de ruido excesivo y atentatorio a la integridad auditiva de las personas que allí trabajan. Todo eso está fuera de toda duda y en consecuencia se provee al trabajador de unos cascos que aminoren el ruido. Hasta aquí todo normal, todos lo ven bien y está fuera de discusión.

Pero a veces, esas mismas personas – u otras, que para el caso es lo mismo- cuando están en sus momentos de ocio se someten a sí mismas, sin defensa alguna, a mayores niveles sonoros que los que soportarían en su trabajo. Es decir lo que no se admite en el trabajo se puede ver como normal en el ocio o en la vida diaria. Pasan a nuestro lado vehículos, privados o públicos, que hacen un ruido infernal; algunos de ellos con las ventanillas bajadas haciéndonos partícipes a los demás de los gustos ¿musicales? del conductor; motocicletas que llevan comida preparada a aquellos a los que el ajetreo de la vida les ha hurtado la posibilidad de preparase una buena ensalada por sí mismos, motocicletas que son especialmente ruidosas, hermanas gemelas de las que utilizan jovenzuelos en sus primeras andanzas a motor. En poco tiempo podrán hacer medrar sus cabalgaduras y hacerse con otras del tipo de rally campestre, que es una categoría previa a las de la clase de carreras, y en ese proceso siempre somos los peatones o vecinos de las casas próximas los que quedamos con el alma en vilo hasta que la distancia aminora nuestro sufrimiento.

Yo me pregunto qué van a hacer estos motoristas cuando – esperemos que sea mañana mejor que pasado- los motores de combustión sean sustituidos por motores eléctricos y, por tanto, silenciosos. ¿Se avendrán a pasar desapercibidos y no hacer el estruendo que nos brindan actualmente, o llevarán esas futuras motos un artilugio que reproduzca el ruido que emiten las de ahora? O ¿dejarán de andar en moto? ¿Desaparecerá ese icono del motorista con cuero de los pies a la cabeza, remaches aquí y allá, gafas de sol y un orinal sin mango a modo de casco?

Pero no hay que olvidar que otra gran parte del ruido lo producen los ayuntamientos. Sí, esos entes a los que pagamos para que nos faciliten la vida, y que en el 99% de los casos piensan y actúan como si la ciudad les perteneciera a ellos, completamente olvidados de que sigue siendo nuestra. En la plaza debajo de mi ventana empieza a eso de las séis de la mañana una máquina barredora que también riega y lava los suelos y cuyo estruendo espanta a los pajaritos que debido al alumbrado público se creen que ya ha amanecido. Y si es en otoño, se complementa con una sopladora manual que arrincona las hojas caídas. Todo ello para que la plaza luzca esplendorosa cuando un poco antes de las ocho empiecen a montar las terrazas de los bares y abran el supermercado contiguo.

Ay!, el poder de la hostelería..., ¿no sabían ustedes hasta donde alcanzaba?Empezamos a darnos cuenta ahora, con esto del coronavirus. Pero esto es harina de otro costal.