viernes, 6 de mayo de 2016

El Castor





Este artículo se publicó en el número de abril de la revista OP Machinery.


El castor, según Wikipedia, es un mamífero roedor semiacuático, muy conocido por su habilidad natural para construir diques en ríos y arroyos.
Pablo Neruda escribió “Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir por ejemplo: La noche está estrellada y titilan, azules, los astros a lo lejos”. Recuerdo siempre estos versos cuando contemplo la noche sobre el Mediterráneo, desde Peñíscola, y bajando la vista hasta el horizonte veo un titilar de luces más fuerte que los demás pero que no es, obviamente, ningún astro.
Sí, es el Castor -lo que comúnmente llamamos el Castor-, algo que nos recuerda a esas plataformas petrolíferas que todos hemos visto alguna vez, y que permanece anclada en esa parte de la costa, a una distancia de  veintitantos kilómetros mar adentro. Por otra parte, en el término municipal de Vinarós, cuatro kilómetros al interior, perfectamente visible desde la autopista AP-7 y muy fácil de identificar, está la planta de regasificación. Ambas instalaciones, la de tierra y la del mar, son las dos patas de un proyecto consistente en almacenar gas aprovechando un viejo yacimiento petrolífero agotado y sito bajo la plataforma. Este depósito nos permitiría tener gas disponible si por cualquier causa España tuviera problemas de suministro.
Por lo que verán más adelante, este tipo de obras es un ejemplo de la manera con la que las grandes empresas constructoras españolas, parte de la marca España, han ido forjando sus imperios. Veamos: El Estado, siente la necesidad de ese depósito estratégico y lo saca a concurso. La constructora española –en este caso, ACS- busca la tecnología específica para el caso y la encuentra en una empresa canadiense. Entre ambas crean una nueva sociedad, sesenta y seis por ciento española y el resto canadiense, que será la encargada de llevar adelante el proyecto. No se les escapa a ustedes que la financiación del proyecto va a basarse en el encargo por parte del Estado español, que será quien pague. Y que además, se establece una cláusula que viene a decir que si por cualquier causa, incluido el dolo, la construcción no se llevara a término, el Estado estaría igualmente obligado al pago. Vamos, que con esas condiciones cualquier empresa habría tenido acceso a la financiación precisa. Cabe preguntarse por qué razón el Estado no aborda por sí mismo ese tipo de proyectos. ¿Tiene alguien la respuesta? Al margen de la consabida de que lo privado es mejor, claro.

Recabados los informes pertinentes favorables, entre ellos el del Instituto Geográfico Nacional, se inicia y termina la obra en los plazos más o menos previstos, si bien como suele ocurrir en este tipo de obras, del presupuesto inicial de unos 600 millones de euros se llega a la cifra final de 1.300 en números redondos. Se comienza a inyectar el gas en el subsuelo marino pero, enseguida empiezan a producirse una larga serie de temblores, algunos de una potencia nada despreciable. Comienzan las quejas y denuncias de diversos organismos afectados, y se decide la paralización de los trabajos. El Estado solicita un informe al Instituto Geológico y Minero, que establece la relación causa-efecto entre las inyecciones de gas y los sismos. Al final, se paraliza el proyecto y el Estado procede, de acuerdo con el condicionado del contrato explicado más arriba, al abono a la constructora de los 1.300 millones. Y finalmente  -por el momento, no se puede descartar nada- en este mes de febrero, el Estado ha vuelto a satisfacer otra partida de 250 millones, por gastos de operaciones no satisfechos.
El coste final estimado de toda la operación que los españoles tendremos que pagar, vía factura del gas durante los próximos 30 años, ascenderá a la suma de 4.731 millones. Es decir, lo que iba a costar 600 millones se ha multiplicado por ocho.
Los españoles hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Pero algunos españoles lo siguen haciendo.







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