domingo, 24 de mayo de 2020

Dos soluciones para una crisis

Este texto apareció en la revista digital Lur Morea, en su número del 18 de mayo.




Las cosas no son blancas o negras, siempre hay una gama de colores como la que cruza la paleta del pintor, de un extremo al otro. En economía, en política económica, mejor dicho, ocurre lo mismo, pero para simplificar vamos a hablar de dos políticas, a saber: la política más ortodoxa, un ejemplo de la cual puede ser la que se aplicó en España en la anterior crisis, de la cual andábamos saliendo ahora, justo cuando hemos caído en el abismo de esta nueva situación, y que respondía al criterio que suelen aplicar los grandes organismos internacionales, léase el FMI, el Banco Mundial y, por desgracia, la UE.

Esta política se centra en tratar de mejorar la situación económica desde el lado de la oferta. Como las empresas entran en crisis porque no consiguen dar salida a sus productos ya que el mercado da muestras de desaparición, se procede a conceder ayudas a las empresas para que mejoren sus procesos, bajando los salarios y los costes sociales de los mismos, reduciendo el coste de los despidos, a la vez que se recortan las ayudas a los parados, etcétera etcétera, haciendo entrar a la economía en una cura de adelgazamiento de varios años, al final de los cuales, es posible que una nueva inversión se realice a la vista de los bajos costes industriales de explotación. Se depauperan las clases medias y trabajadoras y, a partir de ahí cualquier pequeña mejora implica un crecimiento del PIB. Repetimos: no hay más que recordar los sucedido en nuestro país a partir de 2008.

La otra política, que se conoce como keynesiana, se basa en actuar justamente desde el otro lado, desde la demanda. Veamos, cuando las empresas no venden no es porque los consumidores hagan un boicot nacional ni porque aquellas se hayan olvidado de fabricar productos. La cosa es muy simple: no se vende porque no hay capacidad de compra. Entonces lo más conveniente sería mejorar esa capacidad de compra, las empresas darán salida a su producción, necesitarán contratar más personal que cuando no vendían, y todo esto conjuntamente, animará a la economía de todo el país. Y, ¿cómo se logra mejorar esa capacidad de compra? Pues poniendo en el bolsillo de los consumidores la cantidad de dinero necesaria a tal fin.

Aquí nos encontramos con varias herramientas que se han usado y se usan actualmente. Todas ellas tienen en común tratar de lograr ese objetivo, y estar trufadas de distintos aromas ideológicos, aparte de la capacidad económica que incorporen. Por ejemplo, en España las distintas autonomías y ayuntamientos tienen presupuestos para ayudar a los más desfavorecidos. En Euskadi encontramos la Renta de Garantía de Ingresos (RGI), quizás la más potente de todas. El actual gobierno de coalición va a implantar en junio (¿) el Ingreso Vital Mínimo. Pero, sobre todos ellos, destaca la Renta Básica Universal (RBU). Esta herramienta trasciende a las demás, sirve al objetivo que hemos mencionado, y teniendo voluntad de permanencia temporal, busca también otros objetivos de índole social y de justicia distributiva. Digamos que la Renta Básica es aquella mediante la cual todo ciudadano mayor de edad, recibe mensualmente una cantidad fijada de antemano que le garantiza el acceso a una vida digna, independientemente de sus otros ingresos si los tiene, y es incondicional, es decir, no le obliga a ningún compromiso para con el Estado.

Nota: A una más completa explicación de la RBU, y al análisis de las últimas experiencias y conclusiones extraídas dedicaremos un espacio en el próximo número.



No hay comentarios:

Publicar un comentario